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24/3/12

Transparencia y acción ciudadana





Hoy ya disponemos de datos para hablar sobre el proyecto de Ley de Transparencia.

El armazón que presenta el informe es sólido a primera vista. Establece una serie de obligaciones para la Administración, aparejadas de las correspondientes sanciones para el caso de que se produzca un incumplimiento que pueden llegar a la destitución del cargo y la inhabilitación por un periodo entre cinco y diez años. 

Mis reservas: Pongámonos en un escenario como el del Gobierno anterior, en el que se incumplían las normas de forma sistemática sin que ocurriera nada. Por mucho que nos escandalizara lo que estaba ocurriendo, los poderes del Estado hacían una clamorosa dejación de sus funciones y la única vía para luchar contra eso, era acudir a los tribunales (si es que disponíamos de acción para entablar un pleito) y esperar durante años la resolución. Ineficiente por completo.

Esa es la gran tacha del anteproyecto que resulta indispensable corregir. Además de las medidas que contiene es necesario dotarlo de instrumentos sólidos para exigir responsabilidades. 

El camino más adecuado es una normativa procedimental que dé prioridad a estos asuntos, tal vez la creación de una sección en los Juzgados o salas de lo contencioso-administrativo de las Audiencias, que se ocupe en exclusiva de estos asuntos o la declaración de preferencia y urgencia para que las acciones que se entablen con los instrumentos que proporciona la Ley se resuelvan en poco tiempo y no constituya una carga económica muy grave para quienes denuncien y, sobre todo, para que cuando se dicte sentencia no sea una victoria pírrica; porque ha pasado demasiado tiempo y el mal es irreversible.

Junto a esto, es necesario consagrar la 'acción popular' para que cualquier ciudadano o asociación pueda ejercer las acciones de correspondientes cuando se vulnere la Ley; pero no es todo.

Es necesario que la propia Ley incluya un esquema participativo que potencie la participación ciudadana, que fomente la creación de asociaciones, plataformas y organizaciones ciudadanas de todo tipo para que el administrado disponga de un marco y una estructura que favorezca, tanto el control del cumplimiento de la Ley, como el ejercicio de las acciones.

Me parece que tiene una importancia especial el tratamiento de estas organizaciones ciudadanas; porque la 'acción popular', que sin la menor duda, ha tenido muchas más ventajas que inconvenientes, en ocasiones es un veneno para el sistema. 

El ámbito en el que más perjuicios ha causado es en el urbanístico. Un vecino puede paralizar una obra pública durante años por unas convicciones personales causando un perjuicio gravísimo a un número muy amplio de ciudadanos que ven sufren graves inconvenientes en la circulación vial, incluso hay víctimas de modo periódico en ese tramo, sin que haya forma humana de resolver el problema durante décadas.

Ese es el mayor problema que veo a la acción popular en un ámbito como este, en el que pueden paralizar la acción administrativa, en especial en entes locales con pocos recursos, con denuncias motivadas por rencillas personales, estrategias partidistas u obcecaciones que encuentran un asidero en el articulado.

Por ello, parece que sería mejor reservar la legitimación procesal a personas jurídicas, menos susceptibles de denunciar por motivos personales; aunque eso no es una garantía; porque la plataforma formada por miembros de un partido concreto puede usar de forma torticera las vías procesales para atacar a una formación de otro signo.

Tal vez podría introducirse una vía disuasoria, incorporando un correctivo para aquellas asociaciones que abusen de su legitimación y planteen denuncias poco fundadas que son desestimadas reiteradamente por los tribunales, abriendo un cauce para que sean denunciadas ante los órganos judiciales por abuso de derecho y que si el órgano judicial aprecia una mala fe clara y reiterada en la interposición de las denuncias, decrete su baja en el registro y la pérdida de su condición de legitimados procesales para el ejercicio de las acciones derivadas de la Ley.

Incluso sería bueno, en previsión de que se reediten en el futuro variables del 'zapaterismo' que hemos sufrido, que se abra una vía de acceso a instancias internacionales y España promueva en el ámbito de la Unión Europea la creación de un órgano al que puedan acudir los ciudadanos de cualquier Estado miembro que disponga de una normativa de este tipo, cuando se enfrenten a la imposibilidad de superar la resistencia pasiva de sus Gobiernos a aplicar esas normas.

La cuestión es muy compleja; pero lo que es indiscutible es que, si la Ley no incorpora mecanismos para la acción ciudadana, la eficacia de la Ley puede quedar muy limitada en los momentos en que urge más su aplicación, cuando quienes están obligados a someterse a ella aplican la resistencia pasiva, la incumplen y dan instrucciones para que no se proceda contra quienes la vulneran, desde las instancias más altas del Gobierno. 

Ya tenemos una dolorosísima experiencia de que esos supuestos no son eventos imposibles y la Ley debería nacer dotando de la más amplia panoplia posible a los ciudadanos para ejercer una vigilancia y control efectivo, eficaz y bien articulado, para que no volvamos a estar indefensos ante un Gobierno y unas Administraciones que dilapidan los recursos que ponemos a su disposición con nuestro trabajo y sacrificio.

23/3/12

Tertulia con Alsina: el fracaso del periodismo



 
Carlos Alsina (Fotografía ondacero.es)


Es frecuente encontrar artículos en los que los periodistas analizan el impacto de los 'espontáneos', gente que escribe en blogs, que participa en redes sociales, que da noticias ejerciendo una suerte de intrusismo profesional en las funciones del periodista. 

Todos coinciden en que, en medio de este caos informativo, la función del periodista es más importante que nunca; porque son los únicos que aportan rigor, análisis serios, contrastan la información, filtran lo espurio y ofrecen al ciudadano una fiabilidad absoluta, mientras que las noticias y los análisis de los intrusos son más que cuestionables.

No les falta razón en el aspecto teórico; pero en la práctica, las cosas no son así. Creo que todos tenemos una experiencia incontestable: Cuando leemos en la prensa la reseña de algún asunto que dominamos, es muy raro que encontremos rigor y profundidad en la noticia. Lo usual es que sea un cúmulo de errores que muestran que el periodista habla de oídas y con mucha ligereza.

Esa carencia se intensifica en las tertulias radiofónicas o audiovisuales. Reúnen a una serie de periodistas que debaten sobre un tema con una alegría que delata una falta de rigor preocupante. En teoría, un periodista no entra al trapo en asuntos que desconoce y, cuando tiene que hacerlo por imperativo de la actualidad, la profesionalidad del oficio debería invitarle a centrarse en las cuestiones de fondo, en los principios básicos y huir de las opiniones cuando carecen de información.

Soy adicta (lo confieso) a la Brújula, el programa de Carlos Alsina en Onda Cero, que esta noche fue todo un exponente del choque de trenes entre el rigor periodístico y la ligereza de los periodistas.

Para quienes no hayan seguido el programa esta noche, les pongo en situación. Acompañan a Carlos Alsina Pilar Cernuda, Tony Bolaño y Eduardo Peralta. Son dos los temas elegidos: la huelga general del día veintinueve y el anuncio de Mariano Rajoy, hoy en Asturias, de que mañana el Consejo de Ministros dará luz verde al Anteproyecto de Ley de Transparencia.

Les dejo el enlace al audio de la tertulia. Tras una introducción del tema, Alsina hace entrar en antena a David Cabo, uno de los miembros de la 'Coalición tu Derecho a Saber', con una larga trayectoria de lucha por el acceso a la información en la Administración Pública. La entrevista se inicia en (1:05:56) en el audio.

Finalizada la exposición del entrevistado (1:16:46) la exposición de Alsina del marco del debate se ve interrumpida por Tony Bolaño. Ante la ignorancia completa del contenido del borrador, Alsina quiere centrar el debate en el marco general, única posibilidad ante el desconocimiento de los datos. Quiere que sus contertulios entren en el fondo del asunto, analicen la importancia de una ley de ese tipo; la influencia que ejercerá en el gobierno, tanto central y autonómico como local, la conciencia de que todo ciudadano puede acceder a los datos de gestión y fiscalizar las decisiones.

Tony Bolaño no le da ocasión de establecer el marco del debate. Le interrumpe de inmediato para exponer sus enormes reservas y Pilar Cernuda se alinea de inmediato con sus planteamientos. En ambos; pero sobre todo, en Tony Bolaño, se evidencia una repugnancia inmensa ante la idea de que cualquier ciudadano pueda acceder a cualquier informe de la Administración. Uno puede llegar a sufrir una conmoción al ver a un progresista tan declarado al borde del vómito ante la idea de que la chusma pueda fiscalizar las decisiones de sus gobernantes. 

Sus argumentos tienen tanto peso como este: Su mujer trabaja en un ayuntamiento y le cuenta cosas que ponen los pelos de punta. Una ley así, hará que los vecinos se maten. 

La realidad es que, si nos atenemos a lo declarado por Rajoy y a las pretensiones que planteó la 'Coalición Tu Derecho a Saber', no habrían ocurrido muchas cosas que han pasado. Se ha ventilado mucho en la prensa el 'caso Noos' como muestra de los abusos de poder que cometieron los políticos encargando informes carísimos a determinadas personas. Urdangarín no es una anomalía. 

A veces, la complejidad de una cuestión aconseja, una vez pedido al servicio jurídico u otro órgano de la Administración correspondiente, encargar un informe de contraste otros expertos en la materia y eso es irreprochable. Sin embargo, es frecuente que despachos de abogados, empresas de ingeniería y otros profesionales con habilidades para establecer contactos, se vean favorecidos arbitrariamente por un político que les contrata para que le hagan informes innecesarios y con frecuencia vacíos de contenidos rigurosos.

Si ese político sabe que todos esos encargos van a ser públicos; porque está contratando servicios con dinero público y existe una Ley que obliga a mantener a disposición de los ciudadanos esos expedientes, para que cualquiera pueda consultarlos, se guardarían mucho de adoptar esas prácticas de favoritismo; porque saben que pueden costarles muy caras. 

Hay mil variantes de corruptelas que se erradicarían si la Administración (salvando los criterios de seguridad nacional y protección de datos personales) estuviera obligada a publicar todos los datos de contratación, los criterios por los que toma decisiones, la adopción de medidas políticas arbitrarias, cuyo único objetivo es favorecer a amigos o afines con fondos públicos. 

Carlos Alsina intentó entrar en este fondo; pero la vacuidad de los supuestos profesionales, muy reputados y respetados, por otra parte, del periodismo, abortó de modo lamentable su intento de hacer un análisis serio y todo quedó en una alucinante e increíble muestra de que esas tesis sobre la fiabilidad que representan los profesionales de la información frente a los outsiders es, cuando menos, una cuestión retórica que no tiene sustento en la realidad que constatamos los ciudadanos.

La parte positiva es que, al menos, hubo dos profesionales: Alsina y Peralta, que intentaron imponer el rigor frente a la vacuidad.