Es muy difícil que no se te hinche la vena y rujas con ira escuchando al exvicepresidente de Gobierno en su apostolado didáctico pontificando sobre las medidas que toma el nuevo equipo para poner solución al deterioro imparable del tejido económico de nuestro país, cuando vives muy lejos del coche oficial que mantiene alejado del mundo que habitamos los simples mortales al insigne prócer.
También se te hincha cuando ves a unos padres reprochando a la policía que impida que sus hijos corten las calles a la salida del colegio, diciendo que sus hijos son muy demócratas y aprenden todos los días de su comportamiento ejemplar; comportamiento que se pasa por el arco de triunfo las normas gubernativas y no pide la autorización preceptiva que, entre otras cosas, tiene como finalidad esencial reorganizar el tráfico para que cause el menor trastorno posible a la circulación y los derechos de unos, no perjudiquen los de otros. Porque esos diez minutos de nada, son el tiempo que separa la vida de la muerte de un accidentado o infartado cuya ambulancia queda atrapada en un atasco. No es extraño que estos padres que aprenden tanto civismo de sus hijos cada día, sean cómplices con sus votos del drama de tantos ciudadanos masacrados por la irresponsabilidad de un gobierno formado por gente dispuesta a aprender lecciones como las de esos padres cada día.
Ayer, en el comedor de La Cocina Económica, uno de los que sirven comida a quien carece de recursos en Oviedo (una ciudad de doscientos mil habitantes), comieron doscientas tres personas. Otro grupo conformado por familias con niños, llevó ochenta raciones de comida para consumirla en su casa. La cifra de ambos grupos aumenta imparable.
Antes de la crisis, los habituales en el comedor eran ancianos con una pensión muy escasa, personas con minusvalías; damnificados por el consumo de drogas perdidos para la sociedad y algunos parados. Eran escasas las personas jóvenes.
Hoy hay jóvenes, gente de mediana edad que no tiene perfil marginal alguno; son personas como usted y yo que se quedaron sin trabajo y no consiguen uno nuevo.
Por eso es inevitable el sentimiento de ira impotente ante las discusiones bizantinas, las algaradas de puro agit prop, la irresponsabilidad de una casta que ha sido artífice de tanto sufrimiento y desesperanza y sólo piensa en el poder perdido.
Mientras tanto, esas cifras crecerán y los que ayudamos a que esa gente coma y cene cada día sentiremos cada día más solidaridad con los desposeídos y más rabia ante la irresponsabilidad de quienes juegan sus bazas despreciando la situación desesperada de tantos españoles que no hicieron nada para merecer este terrible trance; pero pagan las consecuencias de la maldad ajena.