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4/10/11

Salvar al soldado Sanidad



La berrea de la pre campaña electoral tiene la Sanidad como estrella. Los ciudadanos mostramos una gran sensibilidad ante este tema y la crisis amenaza una estructura vital para todos nosotros. Es lógico que los aspirantes a gobernar nos hagan mil promesas de mantener las prestaciones tal como las conocimos.

Yo considero que ni unos ni otros nos cuentan la verdad. La Sanidad está en números rojos por muchas razones, empezando por la falta de gobierno efectivo a partir de 2004, la crisis, la transferencia de competencias a las autonomías y otras mil razones. Sin embargo, hay otras razones que nadie menciona, que resultan claves y tienen difícil solución.

Es cierto que la fragmentación causada por las transferencias supone un problema; porque no es lo mismo comprar para todos los hospitales y centros de Salud de España, que para los de una autonomía. Los descuentos serán siempre más sustanciosos cuando se solicitan cien millones de unidades de un producto que cuando se piden cien mil. Es cierto que el sostenimiento de una estructura tan costosa requiere una base de aportación de recursos lo más amplia posible. Podemos enunciar otros mil aspectos que lastran la Sanidad, incluso en el caso de que se devolvieran las transferencias y se centralizara todo en el Ministerio de Sanidad. 

No lo haré por dos motivos: uno el respeto a la atención que demando, procurando que sea lo más breve que quepa esta entrada y otro, mucho más importante, que no conozco lo bastante la estructura del sistema para poder ofrecer un análisis exhaustivo. Voy a centrarme en un aspecto que nadie menciona y que es clave, desde mi punto de vista, para enfocar bien el problema que entraña el control del coste de la gestión sanitaria.

Permítamne abordar la cuestión exponiendo una vivencia personal. A finales de junio de este año sufrí un episodio de diverticulitis (ya tuve otro hace años). Cuando me dieron el alta en el hospital, el médico que me tenía a su cargo me emplazó para una revisión a finales de julio y me anunció que tendrían que hacerme una colonoscopia cuando la larga lista de espera me encontrara un hueco. Fui a revisión a finales de julio y volvió a decirme que tenía que hacerme una colonoscopia. En ningún momento se habló de otra prueba.

A mediados de agosto me llaman para decirme que el uno de septiembre tengo una cita para un escaner. Pregunto que si no hay un error, mi médico no había mencionado esa prueba. Me dicen que no saben nada, solo que tienen que citarme.

Pocos días después recibo una carta citándome para la colonoscopia. El día señalado me presento para que me hagan el escaner. En marzo tendré que hacer la colonoscopia.

En principio, una u otra prueba deberían estar condicionadas a los resultados que arroje la primera que se hace. Parece una aberración que, tras un escaner, salvo que aparezca en él algo inquietante, se haga una colonoscopia. Parece un despilfarro de recursos que clama al cielo en todo caso; pero más en tiempos en los que la Sanidad sufre una crisis tan grave.

La realidad es que, desde el punto de vista de los médicos no hay otra opción que pautar todas las pruebas posibles por algo tan simple como el miedo. Un traumatólogo me contaba en una ocasión la tensión en que viven en su especialidad, extensible a todas. Le llega a las tres de la mañana un individuo, que ha bebido en exceso, ha sufrido un gravísimo accidente conduciendo borracho y le llega «en trozos» a la mesa de operaciones. Le recompone, logra salvarle y cuando termina el proceso de curación de quién, en principio, tenía pocas posibilidades de sobrevivir, se encuentra con una demanda por daños, porque ha perdido un veinte por ciento de movilidad en su muñeca izquierda.

Las demandas a la Sanidad pública (me consta por experiencia profesional) están a la orden del día. Los hospitales públicos, como órganos de la Administración, están sometidos al principio de Responsabilidad Patrimonial y aunque el médico no sufra en su patrimonio; porque es el Estado el responsable de indemnizar, no por eso queda libre de ir al juicio, luchar por demostrar que no hubo negligencia ni mala práxis y pasar el mal trago del juicio y de la (casi inevitable) condena a la Administración.

Eso hace que todos los médicos de todos los servicios públicos, vivan en una zozobra constante. Su objetivo es que nadie pueda acusarles de que no agotaron los recursos que la técnica pone a su servicio para excluir cualquier problema. 

En consecuencia, aunque el escaner (o cualquier otra prueba) no muestre ninguna patología, pedirán más pruebas, todas las posibles, para cubrirse las espaldas y, en el caso de que surja una complicación inesperada, poder presentar ante los jueces pruebas incontestables de que, tras examinar al paciente con todas las herramientas posibles, el problema que afloró más tarde no existía cuando le estudiaron.

Este es el gran problema de la Sanidad Pública, lo que impele a los médicos a hacer pruebas en serie, algunas de alto coste, para protegerse de las denuncias de los pacientes. Es justo y necesario que el paciente sea resarcido por las secuelas que pueda sufrir cuando el error médico le condena a un daño que no debió producirse; pero es igual de cierto que la generalización de las demandas y la tendencia de los jueces a otorgar elevadas indemnizaciones en la mayoría de los casos, sin entrar en mayores honduras en cada caso concreto, obliga a los médicos a adoptar un espectro tan amplio de cautelas que el coste sanitario se dispara de modo inevitable.

Es imposible ir a políticas de contención, lograr que los médicos prescriban de modo estricto las exploraciones adecuadas para detectar un problema y que omitan otras pruebas complementarias, cuando no aparece nada que las aconseje eliminando el coste suplementario de exploración que entrañan. 

No es fácil resolver este problema; pero si no se hace, el intento de contener el gasto en la Sanidad pública es un reto imposible para las autoridades, por buenas que sean sus intenciones.

8/1/11

No sin mi Leire

Leire Pajín
Fotografía de Bernardo Pérez tomada de 'El País'

¿Qué sería de mí sin la gran Leire? ¿Qué sería de todos nosotros sin esta figura señera que alegra nuestras vidas, nos hace reír, nos sorprende, hace que nos sintamos inteligentes, listos, capaces, en cuanto escuchamos su discurso o conocemos sus proyectos?

Nada. No seríamos nada. Pero ahí está ella para ayudarnos a sobrellevar nuestra creciente pobreza, nuestra galopante depresión, ese triste sentimiento de que somos estúpidos, incapaces y cortos de luces, con sus apariciones estelares en escena. ¡Que no nos falte Leire, virgencita!

Hace unos días, llenó nuestra triste existencia de salud y vigor con una nueva ley que prohíbe fumar en lugares cerrados, en el entorno de hospitales, lugares en los que haya niños, como escuelas, parques, zonas recreativas infantiles de la ciudad. Defendió con ese verbo florido inigualable la norma y terminó animando a todos los españoles a la delación. 

¡Esto es memoria histórica, sí señor! La delación supone recuperar un valor excelso de épocas de nuestro pasado: cuando los buenos ciudadanos avisaban de dónde vivía una familia o un individuo, para facilitar su traslado a un lugar más adecuado que aquel barrio: un lugar idílico, como Sachsenhausen, en la zona de Brandeburgo, donde colaboraría en importantes programas científicos, técnicos y en pruebas muy variadas de maquinarias nuevas, abrazado al lema El Trabajo Dignifica

Poco antes, en nuestro país se practicó también esta ejemplar conducta para ayudar a las autoridades a localizar a personas peligrosas para la sociedad; porque habían abandonado la ortodoxia de la neutralidad y albergaban ideologías políticas que debían ser erradicadas mediante el tránsito fulminante a otra vida, libre de las tentaciones de la carne.

Hay otra fase anterior en el rescate de la memoria histórica, en la que esta diligencia ejemplar de colaboración con los poderes encarna de modo ejemplar la figura que nuestra sin par ministra de salud e igualdad (con minúsculas porque la doña lo vale), vuelve a demostrarnos que mantiene una cruzada infatigable por garantizar nuestro bienestar. 

Nos ha presentado la Ley de Igualdad de Trato y no Discriminación, que entrará en vigor en 2013, haciéndonos saber que el objetivo de esa ley es conseguir una sociedad que no humille a nadie. 

Esta ley completa a la anterior sumando a la figura del colaborador ejemplar, que delata a quienes vulneran las normas con el mayor altruismo y sin ningún ánimo de notoriedad, puesto que permite la delación anónima, con otra figura: la supresión de la presunción de inocencia para aquellos que sean denunciados por incurrir en cualquier conducta que presente indicios, aún sólo en la mente del delator ejemplar, de que está siendo humillada una persona, bien por su aspecto físico o por cualquier otro motivo capaz de herir la sensibilidad del afectado o el observador-delator, invirtiendo la carga de la prueba. Ahora no será necesario demostrar que es culpable de esa acción; será el acusado quien tenga que demostrar su inocencia.

Y gracias a la excelsa capacidad de la ministra, la memoria histórica no solo rescata los chivatazos de ese periodo tan amado por nuestro Gobierno, no: gobierno, como es la Guerra Civil, sino que nos devuelve al glorioso pasado en el que Torquemada y otros, aceptaban delaciones anónimas de los ciudadanos que acusaban a la vecina de brujería, de blasfemia, de pensamientos o prácticas contrarias a la ortodoxia consagrada por la Iglesia y los pobres infelices tenían que probar que eran inocentes para librarse de la hoguera.

No me digan que no es asombroso y, sobre todo, gratificante. Hasta el más ignorante y abstruso de los españoles o avecindados en este país nuestro, se crece ante la defensa de la 'menistra', sacando pecho al descubrir que es mucho más sensato de lo que creía (sobre todo si es reincidente al votar a Zapatero) y más experto en leyes de lo que nunca pudo imaginar; porque le queda claro que eso es una estupidez, una vulneración de la Constitución y una sandez supina; porque el respeto, la tolerancia y la buena educación no pueden implantarse mediante leyes, sino enseñando en casa y la escuela a los niños a ser respetuosos con los demás, mediante una fórmula muy sencilla y muy vieja: invitándoles a adquirir el hábito de, antes de hacer o decir algo a otra persona, pensar cómo se sentirían si se lo hicieran a ellos, con una frase muy simple: 'no hagas a otro lo que no quieres que te hagan a ti'.

Aún se crecerá más cuando se pare a pensar un poco en la nueva paja mental de la divina Leire. 

Lo primero que habrá que eliminar (reflexionará para su capote) es la costumbre de contar chistes, tan querida en este país; porque puede que tengas la mala suerte de que en el grupo que se sienta en la mesa de al lado en el bar o restaurante, haya un tartaja, uno de Lepe, un/una gordo/gorda, un/una adúltero/adúltera y te denuncie por haber incurrido en una conducta que le ha humillado y te metas en un lío de no te menees.

Aceptamos salud pública como animal de compañía a la hora de prohibir fumar en los establecimientos; porque es cierto que la humareda del tabaco perjudica a todos y pringa los pinchos poco a poco, de tal modo que los que van quedando al final del día apestan a tabaco y sólo se pueden despachar gracias a que el olor del local es tan fuerte que no se nota que también impregna la tortilla que estás a punto de consumir. 

Lamentamos que la primacía de ese principio ponga en riesgo uno de los sectores más importantes de la economía de este país y terminemos como en los países más avanzados de Europa, en los que la escasez de establecimientos equivalentes a nuestros bares, tabernas o cafeterías es tan acusada, que esa saludable costumbre de alternar de establecimiento en establecimiento, con la consecuencia inevitable de familiarizarte con rostros asiduos a esos locales que propician un contacto fuera de ese entorno. 

Cuando les tropiezas en el supermercado con la misma cara de angustia que tienes tú, intentando decidir cuál de los artículos de la oferta es el más adecuado, un reflejo de solidaridad te mueve a abordarle con cautela para consultar su opinión, buscando la oportunidad de aclarar que le conoces de vista porque tú también eres cliente de tal y cual y en ese momento, el otro sonríe, acepta el compañerismo, te hace partícipe de sus experiencias y desde entonces, le saludas con una sonrisa en el bar o acabas invitándole a tu casa a probar tus especialidades.

Aceptamos la puesta en riesgo de un modo de vivir, una complicidad inmanente a nuestro carácter pícaro que busca siempre un resquicio para burlar las normas impuestas; pero la verdad: que nos priven del chiste, toma carácter de atentado.

Y llega un sobresalto más: ¿Qué va a pasar con las caricaturas? Su esencia estriba en destacar los rasgos más llamativos de una fisonomía, deformarlos en una imagen grotesca al tiempo que reconocible? ¿Cómo van a ganarse la vida tantos viñetistas que ganan su pan retratando políticos y celebridades? Sin duda, la ley es para todos y nada impide que los protagonistas de esas píldoras de crítica humorística denuncien que han sido humillados por los dibujantes.

¿Qué va a pasar con los niños pequeños que tienen una tendencia nata a llamar feo o tonto a otro niño cuando intentan reafirmar su 'yo' ante él? ¿Cuánto cuidado tendremos que desplegar en nuestro día a día para no caer en la vulneración de la ley con un comentario jocoso sobre una persona o personalidad, una frase impremeditada que, sin que seas consciente, te convierte en reo de humillar a un colectivo? ¿Qué puedes hacer si esa vecina que te odia te denuncia acusándote de que la has llamado 'puta' en el ascensor, cuando estabais solas y no hay manera de demostrar que no ha ocurrido el incidente humillatorio que pregona? Como eres culpable si no demuestras lo contrario, te caes con todo el equipo.

Lo dicho: ¡Que sensatos, ponderados, doctos en leyes, razonables y agudos nos sentimos todos cuando escuchamos a esta lumbrera! ¡Larga y fecunda vida a Leire Pajín!