Un hombre contempla las imágenes de las portadas de los diarios (El Mundo)
Hay una confidencia que permanecerá indeleble en mi memoria: Tras recibir la noticia, se tomó el tiempo que necesitó para recuperar el grado mínimo de serenidad necesaria antes de decirles a sus hijos (el mayor de nueve años y el pequeño de año y medio) que ETA había secuestrado a su padre.
El pequeño era demasiado pequeño, le mantuvo al margen. La respuesta fue el llanto en todos ellos, salvo el segundo, fiel retrato de su padre. Con ocho años, sus ojos adquirieron la expresión de un anciano de vuelta de todas las batallas de la vida y le respondió: «Lo van a matar, mamá».
Ocho días después, identificaba su cadáver. El resto del grupo era consciente de que cualquiera de ellos podía ser el siguiente. Tras rendir el homenaje que todos necesitaban brindar a aquel compañero inolvidable, se tomaron por consejo de la empresa unos días de descanso, breves. Al volver, todos se reunían obedeciendo al instinto de la manada que llevamos en nuestros genes, conscientes de que la unión era el único camino para sobrellevar el drama y el miedo que nos atenazaba.
Una escena que se mantiene nítida, invulnerable al tiempo: Volvíamos a casa después de una de aquellas reuniones. Habíamos estado cinco horas reunidos con otros compañeros y sus mujeres. Cada uno exponía una hipótesis, a veces varias alternativas, en un intento de conjurar el peligro latente adelantando ideas sobre el siguiente movimiento previsible, en una ilusión vana de que si analizábamos bien las cosas, había una esperanza de conjurar el riesgo.
Eran las dos de la madrugada de una noche estrellada cuando, con la cabeza aturdida por el largo debate y el terror exacerbado, aparcamos el coche frente a nuestra casa. Cada uno salió por su puerta y mientras mi marido cerraba el coche, escuchamos un tenue roce de metal contra una superficie rugosa. Quedamos paralizados y nos miramos, compartiendo una emoción y diferentes sentimientos. Los dos tuvimos la certeza de que lo que escuchamos era el roce de un arma. Él me miraba convencido de que era la última vez que me vería, al menos en esta vida y yo entraba en un infierno, consciente de que en cuestión de segundos caería abatido por el disparo inexorable. El sonido volvió a repetirse mientras sentíamos la brisa leve de la madrugada junto al mar en nuestro rostro, con todas nuestras potencias desplegadas para que no se nos escapara ni un matiz de la escena de ese desenlace fatídico. Aceptado lo inevitable, volvimos la cabeza a la vez y vimos una bolsa de patatas fritas, tal vez abandonada por un niño pequeño, tirada sobre el asfalto a pocos metros. Lo que creímos que era el roce involuntario de la culata de un arma, no era más que una bolsa de patatas arrastrada por una leve brisa. Nos echamos a reír, nos cogimos de la mano y entramos en el portal con una sensación de liberación nueva. Esa noche, por primera vez en semanas, disfrutamos de un sueño tranquilo y relajado.
Al despertar, supimos que aquella inocente bolsa de patatas que nos había conmocionado, había sido un proyectil liberador. Envueltos en la burbuja del terror, no disponíamos de ningún camino útil para ajustar la perspectiva y el envase jugó un papel clave. Por un lado, nos hundió en lo más profundo del pozo del miedo durante unos segundos; por otro, tras aterrorizarnos, nos hizo ver que la semilla del miedo está en nuestras mentes, que nosotros mismos lo alimentamos y nos instalamos en lo más profundo de ese paraje, bajo la ilusión de una capacidad para controlar lo impredecible.
La bolsa de patatas fritas rompió en mil pedazos el cristal del miedo y nos inmunizó con la ayuda de la brisa, el cielo estrellado y la aceptación del destino que imaginamos en un instante eterno.
Cuento esta anécdota porque tiene una importancia clave. Hoy, tras difundirse la noticia de que Bin Laden había sido abatido, han ido apareciendo voces que ejecutan (con absoluta ignorancia del papel crucial que han adoptado colaborando con los terroristas) una labor de transmisión de la fuerza básica de estos engendros: sumir a la sociedad en un sentimiento de miedo, impotencia y fatalidad, poniendo de relieve que habrá una respuesta por parte de los radicales islamistas para vengar la muerte de su líder y que todos corremos peligro de estar en el sitio menos adecuado en el momento menos oportuno.
Están envolviéndonos en la campana de cristal del miedo y es preciso que lo tengamos presente y la rompamos de inmediato. La operación contra Bin Laden no añade ningún peligro. No se había abatido a ningún terrorista ni atacado ningún centro neurálgico de Al Qaeda cuando se produjo el atentado contra las Torres Gemelas o el Metro de Londres.
El terrorismo, llámese Al Qaeda, ETA o cualquier otra cosa, vive para matar, programa sus acciones y ejecuta sus actos propagandísticos para hacer que sintamos que estamos indefensos de forma activa, en función de sus intereses, no como reacción.
Hoy no corremos más peligro que ayer o hace cinco años. Del mismo modo que por mucho que intentemos adoptar todas las medidas de seguridad imaginables para no correr riesgos, nadie está libre de que le caiga encima una cornisa desprendida o le lleve por delante un coche que ha sufrido un fallo mecánico e invadido una acera, no tenemos ninguna garantía de no vernos involucrados, de la forma más absurda e inesperada en la escena de una acción terrorista.
Aceptemos que los riesgos existen por el mero hecho de vivir y que nadie es responsable o causante de las matanzas que provoca el terrorismo, salvo los dirigentes que las planifican y ordenan ejecutar. No estaremos a salvo mientras exista esta lacra y cada baja en ese grupo de mensajeros de la muerte, es un paso adelante hacia el día de la liberación.
Rompamos el cristal. Aceptemos que es mejor morir por error, que vivir con terror y arrebatémosles el instrumento coactivo estrella que usan para dominarnos. Cuando se acepta la muerte, las posibilidades de conjurar la amenaza crecen de modo exponencial; porque ya no nos atenaza el miedo.