Fotografía tomada de 'La Gaceta'
Creo que debo empezar esta entrada explicando las razones por las que llevo días ausente. La historia es sencilla: sufrí una conmoción intensa al conocer el fallo, que, por previsible, aún era más dañino.
Lo más urgente era darme tiempo para asimilar el golpe. No lo lograría colgada del ordenador, leyendo artículos en defensa de la decisión o en contra. Necesitaba instalarme en la realidad, en la vida rutinaria y cotidiana en la que tus preocupaciones son recordar que hay que comprar leche, qué comemos mañana o decidir que ha llegado el momento de hacer esa invitación pospuesta para compartir mantel y sobremesa con personas que quieres.
Empleé las horas que antes dedicaba a informarme en la prensa digital y los blogs, a la lectura tradicional, a paladear el placer del peso del libro en las manos, el aroma del papel, la comodidad del sillón orejero en el que me enrosqué como un gato mientras me entregaba a las lecturas que tenía pendientes. Entre tanto, en un sector secundario de mi mente, iba produciéndose, tal como esperaba, el análisis del por qué que debería liberarme de la desolación que roía mi alma.
El hilo de mis lecturas ayudaba en ese proceso. Me conducía a través de la historia al análisis de lo que estaba estudiando; pero también a las causas profundas de la articulación de las sociedades, lo que las lleva a coronar con éxito gestas heroicas o las sume en la derrota y la opresión.
El elemento clave está en la fe. Cuando los habitantes de lo que más tarde sería Hispania tenían fe en sí mismos, en sus capacidades y en la bondad de su organización, fueron capaces de plantar cara a la misma Roma y embarcarla en una lucha tenaz para conquistar el territorio.
Cuando las luchas fratricidas entre las facciones godas hicieron que la población sintiera que aquello no tenía arreglo, sufrieron en sus carnes la crueldad de la lucha entre clanes que llevaban a masacrar a la población, carente de defensa ante esos desmanes, los ejércitos invasores no encontraron resistencia. Es una de las grandes incógnitas que aún no se han resuelto entre los historiadores; pero yo lo vi muy claro.
Cuando las grandes estructuras de poder hacen que el ciudadano se sienta seguro, protegido, dueño de unas expectativas de futuro, aunque esta mejoría pase por un esfuerzo personal que entrañe grandes sacrificios para mejorar su posición, defiende su tierra y sus instituciones con uñas y dientes; pero cuando le defrauda el sistema, cuando contempla un panorama terrible en el que está indefenso y no tiene ninguna posibilidad de cambiar las cosas, recibe con resignación, incluso con complacencia, al invasor que ha de tumbar esa estructura opresora, porque siente que todo cambio, por malo que sea, será mejor que lo que tiene.
Esa es la clave. Los individuos necesitamos tener fe en las grandes estructuras. Necesitamos que los gobernantes ejecuten el papel que les hemos encomendado conforme a lo previsto. Necesitamos que los tribunales defiendan la ley y nos protejan adoptando una línea que, aunque en ocasiones nos parezca injusta, en los grandes problemas, resuelva conforme al interés común.
El Tribunal Constitucional ha roto, una vez más, nuestra fe en la Justicia. Todos necesitamos que demuestren independencia frente al Ejecutivo, es indispensable para el buen funcionamiento del sistema. Se nos ofreció información inquietante antes de que fuera notificada la sentencia y su contenido nos hizo sospechar que se había quebrantado esa independencia.
Aún así, aunque no hubieran existido presiones y el resultado fuera fruto, en exclusiva, de una posición personal de varios jueces que estaban en sintonía con la línea que creían preferida por el Gobierno, la resolución era igual de demoledora; porque cuando se plantea un recurso de inconstitucionalidad, todo lo que tiene que hacer el Tribunal es examinar las garantías procesales, decidir si se han respetado o no los derechos fundamentales en un juicio. No puede entrar en el criterio que siguió el Tribunal Supremo a la hora de valorar la prueba, tal como lo expusieron los jueces disidentes en sus votos particulares y sigue siendo igual de condenable su postura. Más cuando apenas unos días más tarde, un asesino etarra ha salido de la cárcel apoyando a Bildu y Sortu (como muestra la fotografía de la cabecera), para que no quepan dudas entre los ciudadanos de que han vuelto a derrotarnos.
La reflexión siguiente es empírica. Quienes hemos seguido de cerca la trayectoria de este tribunal sabemos de viejo que su sintonía con los intereses políticos es extrema. También sabemos que las formaciones que ha bendecido forman parte de la hoja de ruta de ETA para la independencia del País Vasco y la cuestión que me he planteado es simple: si deploro o no que se escinda ese territorio de España.
La respuesta es no. Sostengo que si se hubiera expulsado a los nacionalistas a tiempo del mapa de España, nos hubiéramos ahorrado muchos problemas y sobre todo, muchas transferencias de recursos que pudieron aplicarse a políticas de revitalización de regiones españolas muy deprimidas y sentado las bases de una gran prosperidad para todos.
Por otro lado, ese fallo no es más que un trámite. Los vascos tienen plena capacidad de comprender y analizar a dónde les lleva el nacionalismo y los movimientos independentistas. Ellos son, al final, quienes tienen en su mano, cuando depositen su voto, anular las consecuencias de ese fallo. Si no ocurre es porque hay una mayoría que apoya la secesión y lo deseable es que lo hagan cuanto antes, se vayan con viento fresco y nos dejen vivir en paz al resto.
Nada cambiará el daño que ETA ha hecho a nuestras instituciones; pero todo tiene remedio y cuanto antes aceptemos la realidad, soltemos lastre y quedemos en condiciones de dedicarnos a nuestros asuntos sin que el cañón de una pistola nos obligue a tomar decisiones que perjudican a una mayoría, mejor.
Las cosas están tan mal, que es indispensable soltar lastres y quitarnos problemas de encima. Podremos remodelar la justicia, reorganizar los tribunales para que no vuelvan a pasar cosas así. Eso será clave para recuperar esa fe necesaria para hacer grande a un pueblo pequeño; para inyectarle una confianza tan profunda en sus capacidades y posibilidades, que les haga sentir que no hay enemigo, por potente que sea, que no pueda derrotar.
Lo que ha quedado escrito para la historia a lo largo de estos siete años es la evidencia que el PSOE ha sido el artífice del hundimiento de la fe en las Instituciones de los ciudadanos, el que demolió su estructura como grupo, sembrando odios y enfrentamientos y, sobre todo, que nos hizo sentir, sea cierto o no, que colaboraba con los asesinos en su operación macabra. Lo deseable sería que los españoles le demos la respuesta que merece al partido presuntamente colaboracionista con nuestros asesinos. La triste realidad es que eso, probablemente, no ocurrirá.