27/5/12

El contrato




Belmont (USA) Baile en la calle.


Una de las cosas que más valoro de mis estudios de Derecho es la suerte de haber tenido un excelente maestro en la asignatura 'Historia del Derecho': Don Carlos Prieto, al que rindo un homenaje sentido desde estas líneas.

En aquel tiempo, la estructura de las asignaturas del primer curso estaba diseñada para modelar en nosotros una mente jurídica. El Derecho Romano y el Político, nos apasionaba a la mayoría. La Historia del Derecho y el Derecho Natural eran un rollo, en nuestra opinión.

Sin embargo, estas dos cenicientas eran las asignaturas más importantes, las que nos ayudaban a adentrarnos en los entresijos de la estructura jurídica de la organización social. El Derecho Natural nos adentraba en la filosofía, en los fundamentos estructurales del Derecho. La Historia nos enseñaba cómo nacieron y evolucionaron las instituciones.

La organización social evolucionada, está construida sobre tres pilares: El primero, la religión, que proporciona al grupo, tanto sentimientos de protección ante las fuerzas de la naturaleza y los peligros que corre la comunidad, como los temores necesarios para que todos y cada uno de los individuos adopten una conducta ética en su vida cotidiana; porque si desagrada a los dioses con su conducta un miembro de la comunidad, pone en riesgo al conjunto. Los dioses son muy crueles y todos pueden ser castigados durísimamente, por la maldad de uno solo.

El segundo estrato está en la moral, entendida como un conjunto de costumbres (mores) que ha ido elaborando la sociedad a lo largo de su evolución histórica. Esa moral entronca, de modo necesario, con la religión; pero no sólo. Esas costumbres desarrollan normas de conducta que debe adoptar con rigor todo ciudadano que persiga la ejemplaridad ante sus vecinos. Le instruye en las directrices que debe adoptar para ser un padre o madre ejemplares, cómo educar a sus hijos, honrar a sus mayores, tratar a sus esclavos, criados, clientes, relacionarse con sus vecinos y ejecutar su trabajo con celo y llegar a tratos con otras personas con absoluta rectitud.

Pero tampoco es sólo una guía de conducta individual lo que regula la moral pública. Selecciona entre los infinitos avatares cotidianos los más importantes y establece un calendario para los actos religiosos. Elige, entre los ciudadanos a las figuras que han de ser recordadas y consagra días para evocar su recuerdo. Se convierte en una memoria colectiva que mantiene vivos a lo largo de los siglos los eventos que superaron o a los que sucumbieron en un drama colectivo que obligó a la comunidad combatir o a dedicar sus mejores fuerzas a recuperarse tras la guerra o una epidemia, por ejemplo.

De este modo, paso a paso, cada comunidad va creando su identidad. Sus vecinos, incluso los más lejanos, adoran a los mismos dioses y adoptan la misma pauta ritual; pero no es lo mismo: porque ellos celebran en una fecha diferente las fiestas mayores, tienen fórmulas particulares que, sin ninguna duda, agradan más a sus protectores que las de los otros. Aunque les rija la misma moral, ellos son mucho más celosos y vigilantes, ofrecen mayor confianza, son más nobles... 

De paso, van generando símbolos que los diferencian de cualquier otro pueblo, ciudad estado o comunidad de su entorno. Unos los unen porque simbolizan un hecho extraordinario que los reafirmó ante el mundo como superiores. Otros los aglutinan porque refuerza su unidad como pueblo. Esos símbolos son la representación tangible de los valores intangibles que necesita la comunidad para mantener una fuerte cohesión, unos objetivos comunes que defienden cada día y por los que están dispuestos a matar o morir, premisas necesarias para fortalecerse a título individual y colectivo y alcanzar estadios de civilización superiores.

Estos dos pilares son los primigenios, los que estructuran las comunidades humanas en su etapa de nacimiento y evolución. En una comunidad pequeña son suficientes para regular con éxito las relaciones interpersonales en todos los órdenes.

Cuando eclosiona el éxito de la comunidad en lo que conocemos como civilización, esas herramientas siguen siendo básicas; pero el grupo necesita una estructura adicional: las leyes, la elaboración de un ordenamiento jurídico con herramientas coercitivas y de solución de problemas y conflictos mucho más potente. 

Una sociedad, incluso una sociedad actual, si se rigiera por la moral de modo estricto, puede prescindir de las leyes y salir adelante en condiciones ideales; pero no podrá salir adelante sólo con las leyes; porque sin el soporte de la ética y la moral, la ley carece de entidad para una convivencia civilizada.

La Ley, en realidad, es la plasmación de un contrato muy antiguo, del que no tenemos noticia directa, pero que existió de modo evidente y palpable en los textos antiguos. Los ciudadanos se comprometieron a dejar en manos de las instituciones la resolución de los conflictos que hasta ese momento resolvían ellos en defensa de sus derechos, honor o intereses y acatar lo que establecieran los dirigentes y los jueces, a cambio de un compromiso: las normas que emitieran las instituciones, la labor de los dirigentes y la actuación de los jueces se haría ciñéndose, por supuesto, a la ley; pero se inspiraría en y defendería a ultranza la moral, las costumbres y los principios del Derecho Natural. 

Si se rompe ese contrato, la sociedad naufraga. Pierde la cohesión, se llena de conflictos que cuando los dos pilares esenciales: religión y moral, tenían plena vigencia, eran escasos y anecdóticos. El grupo pierde fuerza para obligar al individuo a comportarse con ejemplaridad; porque la pérdida de valores religiosos y morales le mueve a actuar sin frenos. Si las propias leyes son tratadas como estructuras ambiguas que se aplican a conveniencia, la descomposición social entra en barrena.

Se ha escrito mucho a favor y en contra de la conducta de quienes fueron a un estadio a injuriar a la más alta figura de España y a sus símbolos

No quise ni quiero entrar en ese debate. Creo que lo expuesto deja muy claro que no es una trivialidad ni una discusión bizantina. 

Es una bomba en el corazón de la cohesión social de España de consecuencias letales. Y quienes consienten con pasividad, incluso con tolerancia que esos individuos campen a sus anchas por temor a consecuencias para su popularidad, no sólo son cómplices del atentado al renunciar a perseguir conductas punibles, sino que están destruyendo la estructura que soporta sus puestos y condenados a extinguirse cuando se consume el daño de forma irreversible.

8 comentarios:

julia dijo...

No puedo estar más de acuerdo. Y gracias por la lección; deleitar instruyendo, se le dice.

Carmen Quirós dijo...

Gracias a usted, Julia. Temía que era demasiado largo y aburrido.

Un saludo.

Garikoitz Lindbergh dijo...

Pagaremos muy caro transigir con los bárbaros que nos quieren destruir.

Internet ofrece muchas posibilidades de nadar en basura, pero tiene una cosa muy buena: que da la oportunidad de aprender muchas cosas si se eligen bien las fuentes. Su entrada de hoy es un ejemplo magnifico de ello. Enhorabuena.

G.

Carmen Quirós dijo...

Muchas gracias, don Garikoitz. La verdad es que esta entrada no es más que el ABC que debiera dominar toda persona con formación jurídica (que por otra parte es el título universitario más común en España); pero para mi sorpresa, parece que casi nadie lo asimiló.

Un saludo.

jano dijo...

Carmen: Una magnífica lección de Derecho Básico para los que somos legos en la materia.
Como ocurre en todas las disciplinas del saber humano, la mayoría de los que las practican se olvidan del verdadero sentido de su oficio con una mala praxis, que redunda más en el propio beneficio que en el bienestar de la comunidad a la que deberían servir. Y es aquí donde la moral/ética personal, aprendida del ejemplo de nuestros antecesores, debe corregir el rumbo que toman nuestros actos y nuestras decisiones; incluso desoyendo la tónica general imperante, que trata de arrastrarnos con su poderosa corriente.
Una hermosa lección de ética, Carmen, tan jugosa como sus entradas en el blog.
Un fuerte abrazo.

Carmen Quirós dijo...

Gracias por su comentario, Jano. Un saludo.

Asturianín dijo...

Hola Dª Carmen.

No voy a decir nada nuevo, ni mejor de lo que han dicho ya otros, de su magnífica entrada. Solamente le voy a dar las gracias por poner las cosas tan claritas para quien quiera leerlas.

En otro orden de cosas, cosas menores, quisiera darle las gracias por hacerme recordar los dos años que pasé matriculado (no se puede decir que estudiando. Nunca fui buen estudiante) en la antigua Facultad de Derecho. Mi profesor de Historia del Derecho era D. Ignacio de la Concha. Era muy mayor y, supongo, que estaría a puntito de la jubilación. ¡Qué tiempos! Moscovitas en "Rialto", vermús en "Logos", cervezas en "Dólar"... ¡Demonios! Empiezo a darme cuenta de las múltiples causas por las que nunca pasé del primer curso de Derecho.

Un abrazo, Dª Carmen. La sigo.

Carmen Quirós dijo...

La verdad es que Don Ignacio pareció siempre muy mayor. Creo que incluso lo parecía de joven. Su estilo era muy diferente al de don Carlos Prieto; pero a su modo también fue un gran maestro.

Yo paso todos los días por delante de la Facultad y me da mucha pena verla tan vacía y sola. Para mí, más que las cervezas, el Dólar evoca tremendas partidas de mus. ¡En fin...!

Un abrazo, Asturianín.