Baltasar Garzón (Libertad Digital)
Hoy la Sala Segunda de lo Penal del Tribunal Supremo ha dictado sentencia en la causa seguida contra don Baltasar Garzón por las escuchas ordenadas en las comunicaciones de los imputados en el sumario 'Gurtel' con sus abogados. Ha fallado que incurrió en un delito de prevaricación y le ha condenado a once años de inhabilitación especial para el cargo de magistrado.
Son setenta páginas de sentencia, que merece la pena leer con detenimiento; porque recoge y aglutina toda la jurisprudencia, tanto del Tribunal Supremo, como de otros tribunales europeos, donde se disecciona la importancia del respeto a los derechos fundamentales y en especial el derecho de defensa, como pieza clave de la salud del Ordenamiento Jurídico. Más que una sentencia, es un hermoso canto a la Justicia.
Aunque no sean expertos en derecho, no importa. El lenguaje es claro, no se pierde en tecnicismos y explica con toda claridad qué es lo que hizo mal Garzón y por qué consideran que su actuación no puede deberse, en ningún caso, a un error.
Hay mucha gente que opina que alguien se alegrará muchísimo, incluso brindará con champaña por esa condena. Puede que sea así; pero serán casos puntuales. Ha ganado el Estado de Derecho, sin ninguna duda; pero el panorama que muestra la sociedad dividida, muestra un drama inmenso en nuestra sociedad.
Por un lado, Garzón fue un símbolo de lucha contra el narcotráfico, el terrorismo y la corrupción. Prestó grandes servicios a la Justicia y es muy doloroso que en determinado momento haya perdido esa visión clara que debe tener un juez: que él es un servidor de la Ley, su guardián, su garante y nunca puede usarla a su antojo, por nobles que sean sus sentimientos al violarla y altos sus fines.
Por otro lado, esto no debió pasar nunca. La Justicia debería estar dotada de recursos para atajar de cuajo estas situaciones. Tiene que haber un punto de equilibrio entre la independencia judicial y el freno a actuaciones arbitrarias, contrarias a Derecho y delatoras de una desviación inconveniente que perjudican a la Institución. No es de recibo que no se ataje una deriva y se aguante a la espera de que alguien, perjudicado por una tropelía, ponga una querella; porque en esa espera la institución sufrirá daños muy graves ante la opinión pública.
Es bueno que si un juez delinque en el ejercicio de su profesión sea tratado como cualquier otro ciudadano y se le aplique la Ley. Es malo que un país que se supone desarrollado, como España, se rasgue las vestiduras, se enfrente en banderías de simpatizantes y detractores cuando ocurre esto.
Es una muestra del daño que Garzón y otros jueces (no es el único) han venido haciendo a la Justicia. Es legítimo el desacuerdo y la crítica a una sentencia. Es impresentable que quienes no estén de acuerdo con ella, como ocurre en este caso, manifiesten su enfado atacando de modo personal a los siete magistrados que condenaron a su héroe, como lo harían los del otro bando, si le hubieran declarado inocente del delito.
Este triste asunto debería llevarnos a todos a una reflexión sobre el respeto a la Justicia y la importancia del respeto a las sentencias, que, insisto, no está reñido con la sana crítica o la manifestación de desacuerdo.


