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28/2/11

Zapatero como Gadafi



Fotografía ABC

Nos cuenta la prensa de hoy que Gadafi declara que su pueblo le ama y está a su lado, que es una minoría manipulada por Al Qaeda y los islamistas la que está organizando las revueltas y que arreglarán esto pronto (excelente artículo de Antonio Caño desde Washington en 'El País).  Ayer aparecieron en distintos medios artículos y entrevistas en los que psiquiatras reputados hacían un análisis del tirano poniendo de relieve una personalidad paranoide, convencido de que él tiene la razón y los demás están equivocados, que a lo largo de los años se ha fabricado un mundo narcisista, egocéntrico, rígido e intolerante. (Alejandro de la Gándara y José Cabrera para 'El Mundo'). 

Desde luego, nuestro presidente no es un terrorista, aunque parece que le fascinan los terroristas y no tiene ningún empacho en tratarles como hombres de paz e interlocutores válidos. Hay una distancia entre las negociaciones del paz con ETA y Lockerbie, es evidente.

Sin embargo, la actitud de nuestro presidente es muy parecida a la del libio. El egocentrismo, la desconexión con la realidad, que niega de palabra o de obra, el narcisismo, la confianza en que los españoles le adoran a despecho de las evidencias y que aceptarán todo lo que él disponga; la rigidez de sus posturas, la permanente destrucción de quienes considera enemigos o rivales o el intento de triturarlos, cuando menos, guarda un estrecho paralelismo.

Para muestra un botón: Cuando acepta, por fin, que España está sumida en una crisis de dimensiones bíblicas, con cuatro millones setecientos mil parados, la pequeña y la mediana empresa (la fuente por excelencia de puestos de trabajo) arrasadas y el sector hostelero muy tocado por el descenso del gasto que imponen las circunstancias, no recorta gastos donde de verdad se va el dinero a espuertas. 

No dispone por ley que se reduzcan empresas públicas, fundaciones y otros comederos que no son fuentes de creación de riqueza, sino pantallas destinadas a desviar fondos públicos de forma opaca. No reduce el parque de coches oficiales, no elimina teléfonos móviles con cargo a los presupuestos, no racionaliza el gasto, no adopta medidas para revitalizar la economía. 

Opta por paralizar la obra pública, generando más crisis, tanto por el problema que supone para las empresas y la reducción de puestos de trabajo en el sector, como la supresión de una política de mejora en las comunicaciones, vital para la revitalización de la economía cuando el temporal amaine.

Opta por un ataque frontal a la hostelería con su campaña antitabaco. Vale, es muy malo y hay que obligarnos a los españoles a mejorar nuestros hábitos; pero no es el mejor momento para acometer esa medida que agudiza de forma alarmante la crisis del sector.

Cada ley que sale a escena incluye la creación de órganos de control, seguimiento o sanción. No se encomiendan las competencias a otros ya existentes, se opta por aumentar el peso muerto de los organismos del estado.


Una muestra palpable está en el informe que está rematando el Consejo General del Poder Judicial sobre el proyecto de Ley de Igualdad de Trato. Debe ser que una ley no tiene categoría, en opinión de nuestros gobernantes, si no crea, al menos, un órgano nuevo. En este caso, la Ley de Igualdad de Trato y la No Discriminación, crea un Alto Órgano, sea esto lo que sea, para que vele por la igualdad de trato. Más gasto, más despilfarro, más madera para que la crisis se mantenga pujante.


Lo gordo es que ese Alto Órgano entra en conflicto de competencias con el Defensor del Pueblo. Debe colaborar con él, eso dice la Ley; pero como señala el CGPJ, la indefinición es la pauta de la Ley. No se señala qué conductas son las que se consideran discriminadoras, no se definen los tipos (téngase en cuenta que tanto en materia penal como administrativa, cuando conlleva sanciones es obligatorio determinar con toda claridad qué conductas son punibles o sancionables con todo detalle, para garantizar la seguridad jurídica), con lo que el conflicto está servido de antemano.


Es decir: cuando andamos pelados, pidiendo créditos para atender los gastos corrientes, con la economía colectiva e individual hecha unos zorros, nuestro presidente continúa acumulando problemas, gasto, conflictos e incluso, fomentando la delación.


Si no es un paranoico ajeno a la realidad, ególatra, ensimismado en su mundo de fantasía, convencido de que la adoración de los españoles es tan ciega que vamos a soportar todo lo que disponga, que alguien me aclare cómo se puede explicar que incida día a día en conductas que están llevándole, sin remedio, a un descalabro electoral. 

23/2/11

Los mercenarios de Gadafi



Estados Unidos se prepara para responder a un baño de sangre
Fuente: 'El País'

Ya abordé en otra entrada el temor que me producían los sucesos de Libia. El historial de Gadafi, un asesino sanguinario, bastaba para llenar de espanto al considerar cuáles eran las previsibles decisiones que podía tomar.

Libia es el país con mayor índice de renta per cápita del norte de África (9.300 $ en 2007). Es cierto; pero el reparto de la riqueza generada por el petróleo es desigual y no eliminó en ningún caso grandes bolsas de pobreza.

Libia es un país con un sustrato social de carácter tribal muy arraigado. Eso explica los acontecimientos que están desarrollándose. Muammar el Gadafi necesitaba apoyarse en un ejército poderoso para mantenerse en su puesto y (bien lo comprobó él en el golpe de estado que dirigió y depuso al rey Idris I), sobre todo, fiel. 

La estructura tribal entraña una poderosa vinculación de los militares que componen el ejército con los intereses y directrices que marcan los jefes de sus tribus. No hay que olvidar un rasgo en Gadafi: su inestabilidad mental, si no diagnosticada, sí demostrada con suficiente contundencia para poder apreciar rasgos maníacos en su conducta. Ese rasgo acentuaría lo que vive cualquier dictador sin necesidad de sufrir desórdenes mentales: miedo a las intrigas llamadas a derrocarlo. El Gadafi solo tenía un camino para conjurar el problema que planteaba su ejército: formar un segundo ejército, integrado por mercenarios reclutados en otros países para protegerle de cualquier amenaza y actuar a sus órdenes. Al ser un cuerpo de extranjeros, no estarían condicionados en ningún caso por escrúpulos a la hora de atacar a la población, como lo harían los miembros libios del ejército regular.

La chispa que hace saltar las revueltas también es el hambre. 9.300 $ son, en números redondos, 6.800 € al año o 18,63 € al día por persona. El precio de los alimentos básicos en Trípoli (es el lugar del que tengo conocimiento directo) es equiparable a los de cualquier supermercado de Madrid o cualquier capital europea en estos días. 

La carestía privó a la mayoría de los libios de capacidad para acceder a los alimentos, generó hambruna y desató la desesperación de un pueblo sitiado por el hambre, la más peligrosa de las situaciones para un gobierno. 

Lo que está ocurriendo no tiene vuelta atrás. Los ataques del ejército, de violencia desmedida, contra la población desarmada han roto toda posibilidad de que se reconduzca la situación. Los testigos que han huido hoy hablan de guerra civil. 

No puede ser de otro modo, porque si un pueblo sufre la represión de sus propias fuerzas de seguridad, ya forma una visión del tirano que exige su desaparición sea cual sea el precio; pero si esa represión viene de manos de mercenarios extranjeros que asesinan a la población civil siguiendo órdenes del tirano, entonces es la guerra declarada entre los libios y un ejército extranjero dirigido por alguien que ya no pueden considerar un líder propio. 

La suerte está echada. Muammar el Gafafi ha dicho que no dimitirá ni abandonará Libia, que está dispuesto a convertirse en mártir. Un occidental poco atento a las costumbres musulmanas radicales puede pensar que el traductor de su mensaje ha cometido un fallo; porque, para nosotros, los mártires son seres pacíficos que se dejan matar con mansedumbre en defensa de su fe o sus ideas. En cambio, los mártires del radicalismo islámico son mucho más beligerantes: mueren matando y eso es lo que ha elegido Gadafi. 


No sé si su destino será encontrar la muerte; pero va a matar a destajo en tanto llega ese momento, si no se da el golpe de suerte de que alguien se sienta enviado por Alá (o por otras fuerzas) para detener esa matanza y dispone de los medios y la ocasión para neutralizarla.