11/2/12

Llámame gorrión y échame alpiste




Fátima Báñez y Soraya Sáenz de Santa María (LD)



La reforma laboral, tan debatida en los medios a lo largo de estos días, ha sido presentada hoy ante los medios de comunicación.

Les dejo un enlace al documento de presentación que ofrece 'Expansión', en el que se recogen las líneas troncales de la reforma. Falta su tramitación parlamentaria para conocer la regulación final; pero es muy interesante examinar los titulares.

Todos ellos se fijan en un dato concreto: el despido. Para nuestros «creadores de opinión» esto es lo más importante de la reforma.

Veamos los titulares del documento, al menos los más relevantes para mí.

El primero, es que elimina los convenios sectoriales, primando los de empresa sobre ellos. Lamina el poder de los sindicatos sin misericordia; pero hay algo más importante.

Hasta ahora, si un administrativo o una secretaria eran una joya, su jefe no podía proponer ni la empresa aprobar, un complemento de productividad que premiara su labor; porque los sindicatos no podían consentir que un administrativo ganara más que otro, aunque  uno estuviera de baja permanente o no diera un palo al agua y el otro fuera la aparición de la Virgen en su negociado. Esta reforma apunta a la eliminación de esa injusticia notoria. 

No sólo lamina sin misericordia el poder  de los sindicatos y beneficia  a los trabajadores. La clave de esta medida es que pone fin al sindicato vertical del franquismo y obliga a los actuales a esforzarse en la tarea de modernización que aparcaron, dado que la anterior legislación mantenía su financiación a costa del Estado y otras leyes les permitían incrementar esos ingresos obligando a incluir en los consejos de administración de todas las empresas e instituciones públicas un cupo destinado a representantes de los sindicatos, fuera o no precedente. En este marco, no tenían ninguna necesidad de hacer un esfuerzo para captar afiliados; porque los ingresos que percibían de esa estructura cubrían todas sus necesidades y su papel en la negociación colectiva y el establecimiento de los marcos que fijaban los convenios colectivos, satisfacía la apariencia de que eran los garantes de los derechos de los trabajadores, aunque no fuera esa le realidad objetiva.

El cambio de normativa va a obligarlos a afrontar el reciclaje que no hicieron en su momento, sumado a las reducciones de subvenciones ya aprobadas. Tendrán que espabilarse para idear estrategias de captación de afiliados que compensen la merma de subvenciones e influencia sufrida, para obtener un nivel de financiación que garantice su supervivencia y, de paso, su independencia.

Otro punto sensible está en el intento de facilitar la labor de los empresarios potenciales abriendo vías para que la iniciativa privada de creación de empresas o la contratación de personal para atender el incremento de demanda puntual en las que han sobrevivido a la crisis, genere una dinámica de contratación, minimizando el temor de lo que puedan enfrentar si la alegría en la demanda de un periodo económico floreciente, decae y les enfrenta a una fase de incertidumbre en la que los pedidos escasean y es vital reducir costes salariales y reestructurar las tareas del personal para aliviar cargas sin recurrir a despidos.

Un elemento, para mí fundamental, es el compromiso de regulación del tele trabajo. Me parece clave; porque hay un abanico infinito de situaciones personales y empresariales que aconsejan potenciar una herramienta de amplia implementación, dados los avances de la informática, para que un amplio sector de la plantilla de trabajadores de una empresa pueda desarrollar su tarea a plena satisfacción de su patrono, sin necesidad de trasladarse  a su centro de trabajo. Basta implementar en el portátil que le facilita la empresa un programa de conexión con el servidor central que gestiona la labor desarrollada en los terminales conectados a él.

Abundan los servicios gratuitos de teleconferencia, como el Messenger de Microsoft, el de Yahoo!, Skipe y otros, que permiten que, sin costo ninguno para la empresa o el particular, se establezcan conexiones audiovisuales en las que se mantenga un diálogo fluido entre el trabajador deslocalizado y los miembros del equipo en el que se integra.

Esto significa reducciones de impacto de bajas. Un trabajador puede romperse una pierna y eso es causa de baja; pero no merma su capacidad intelectual. Sin duda, es incompatible su traslado a su centro de trabajo con las recomendaciones terapéuticas de su médico que exige una inmovilización. Pero puede estar inmovilizado y en reposo material, al tiempo que, con la pierna en alto, opera desde su portátil desarrollando su trabajo desde su domicilio.

Ayuda a la conciliación familiar. En EEUU es corriente que los acuerdos recogidos en los contratos de trabajo, concedan a los trabajadores un número de días anuales en los que están exentos de desplazarse a su centro de trabajo y se les permite trabajar desde su casa. Siguen produciendo; porque se incorporan a través de su portátil de trabajo al equipo, despachan sus tareas; pero son dueños de una flexibilidad que les permite conciliar su vida privada con la atención a sus obligaciones profesionales. 

Si causas baja por maternidad o paternidad, a las ocho de la mañana te conectas con tus compañeros, recibes el plan de trabajo del día y queda de tu cuenta organizarte para despachar el trabajo del día a la vez que atiendes a tu hijo. Sin la menor duda, supone un gran alivio, tanto para la  facilidad para ampliar las bajas derivadas del nacimiento de un hijo, como para afrontar el largo periodo en el que los avatares de desarrollo y sanitarios que atraviesa, con la facilidad de dar cuenta de una emergencia doméstica que te retiene en tu casa, sin que eso perjudique tu rendimiento profesional; porque despacharás tu trabajo con la misma solvencia con que lo harías desde tu puesto en la empresa.

El Estado no puede crear trabajo, todos estamos de acuerdo en ello. Lo que puede hacer es crear un marco favorable para que florezca la creación de empresas y la contratación. De momento, todos coinciden en que estas medidas van en la dirección correcta, que no tendrán resultados inmediatos, pero que a medio y largo plazo, darán sus frutos.

Si esto es así, si el marco laboral favorece que nazcan muchas pequeñas y medianas empresas, que se contrate con facilidad y haya trabajo abundante, lo del despido es anecdótico; porque si me dan el finiquito en una empresa; pero sé que en pocos días podré obtener trabajo en otra en las mismas condiciones o mejores, las condiciones del despido serán irrelevantes. 

Eso es lo que falla en España. Estamos acostumbrados a pensar que la empresa que nos contrata será la única para la que trabajemos. No tenemos una cultura que nos incite a movernos por el mercado laboral tratando de rentabilizar al máximo nuestros conocimientos y habilidades. La idea de cambiar de empresa nos produce sarpullidos y eso es malo para todos. 

Si esta reforma del mercado de trabajo constituye el germen de creación de una gran variedad de empresas que nos sirven una amplia oferta de contratos de trabajo, habrá triunfado; porque nos permitirá elegir en cada momento el tipo de trabajo que mejor se ajusta a nuestras necesidades. Nos da la oportunidad de rentabilizar la formación que hemos acumulado, ofreciendo nuestros servicios  a otra empresa en la que nuestra experiencia tiene mucho valor y está dispuesta a pagar por ella mucho más que la que nos racanea incentivos, consciente de que el marco laboral restringe tanto mis posibilidades que no tengo más alternativa que conformarme con lo que dispongan para mí.

No me hablen de despido. Si dispongo de un campo de oferta laboral muy amplia que me permita saltar de un empleo a otro a conveniencia, para mí es irrelevante la indemnización. Lo que me interesa, como profesional que sobresale en el desempeño de mi trabajo, es que haya muchas empresas que me cortejen y estén dispuestas a pagarme un poco más que la que me contrata. No necesito que me indemnicen, si al día siguiente de que me despidan o dimita yo, tengo que enfrentarme a la difícil disyuntiva de elegir entre ofertas de trabajo variadas que me ofrecen condiciones variopintas en las que se incluyen cláusulas seductoras en campos muy variados y me obligan a decidir si prefiero ingresos efectivos o coberturas confortantes.

No nos engañemos. Si surge una proliferación de empresas que lucha por la conquista del mercado, la indemnización por despido es irrelevante. Todos y cada uno de los empresarios lucharán con el resto por contratar  a los más cualificados en las distintas áreas: desde un electricista que domina su oficio, hasta un experto en ingeniería, gestión o dominio de las claves del mercado en el que compite. 

En este marco, los trabajadores menos cualificados serán los  perdedores; pero eso también es una ventaja; porque servirá de acicate a multitud de estudiantes para esforzarse en una óptima formación en las áreas profesionales más demandadas.

Al final, lo importante es que el Gobierno, además de acertar con la fórmula para incentivar la creación de empleo, sea capaz de articular una reforma revolucionaria de la enseñanza que genere especialistas, desde la casta de los antiguamente llamados maestros a los técnicos de élite y deje en un porcentaje residual el volumen de mano de obra no cualificada que quede a expensas de las demandas residuales del mercado de trabajo.

Llámame gorrión; pero échame el alpiste de una amplia demanda de mis servicios en el ámbito empresarial, que ya me encargaré yo de convertirme en halcón, volando a gran altura y cayendo en picado sobre las mejores oportunidades.


4 comentarios:

jano dijo...

Carmen, todo eso que apunta es muy bonito y suena a música celestial, pero en mi condición de "perro viejo" no me creo que se logre, ni siquiera a medio plazo, en este país.
En el empleo público seguirá primando la eterna aberración de que el más inútil es el que más medra.
En el empleo no público seguirá la marrullería de recortar salarios, exprimir al trabajador al máximo y ,ahora, despedir a los más veteranos, que acumulan trienios y otras ventajas, para sustituirlos por jóvenes a los que se les paga un salario de miseria, se les aprieta las tuercas hasta lo indecible y la empresa recibe con alegría su finiquito sin tener que pagarles el despido: esto lo están haciendo multinacionales como Merck y empresas grandes como EULEN y en este último ejemplo, puteando a los trabajadores hasta lo humanamente inadmisible para que pidan el finiquito, sin indemnización ni paro, con "comisiones de servicio" inútiles sin pagar kilometraje y con horarios arbitrarios.
Está muy bien una ley que agilice la contratación de trabajadores y que los trabajadores sean competentes y responsables, pero también tendremos que cambiar la mentalidad de nuestros empresarios, acostumbrados a la idea del máximo beneficio, para que la gestión de sus empresas sea responsable y no un "pelotazo" para forrarse. Por desgracia, ninguna ley puede cambiar las mentalidades de la noche a la mañana.
Por último: en España percibimos los sueldos más bajos de toda la CEE y pagamos los bienes de consumo-en el mejor de los casos-al mismo precio que en los países comunitarios más ricos, mientras permanecemos en nuestros puestos de trabajo más horas que muchos otros trabajadores de otros países.
Cuando entró en funcionamiento el euro en España fue un mazazo para todos por la subida de precios bestial; después, con la crisis, la primera medida fue atacar los bolsillos de los de siempre (empleados públicos y pensionistas) y recortar la soberanía de los países más débiles económicamente, y ahora, con la reforma laboral, me temo que será otra puñalada más en el costado de los que trabajamos y de los que pretenden trabajar.
Un saludo, Carmen.

Carmen Quirós dijo...

Jano, la mayor parte de los empresarios de este país son pequeños y medianos. Ellos son los que absorben la mayor parte de la mano de obra y, sinceramente, no creo que su mentalidad sea la de explotar a sus empleados.

Hace un par de semanas fui testigo de una conversación en una de esas entrañables tiendas que nos quedan en el Oviedín del alma, donde, además de comprar patatas, haces tertulia.

Otro cliente hablaba con el tendero, comentaban lo mal que está todo. El cliente recordaba aquellos tiempos en los que venía un empresario y le decía que quería llevarle a su cuadrilla. Le ofrecía diez pesetas más por hora; pero eso eran casi treinta mil al mes y no era desdeñable esa cantidad en los años sesenta o setenta.

Nunca me faltó trabajo, comentaba. Por lo que le escuché era bastante «suyo» y en cuanto el jefe le tocaba las narices le dejaba plantado y se buscaba otra empresa.

Luego todo se fue al garete, según él. Él no quería oír nada de sindicatos, ajustaba el precio de la hora con el que le empleaba, trabajaba diez horas al día y si había que estar doce, estaba doce en el tajo. Le iba bien porque trabajaba mucho y era bueno en su trabajo.

Si uno tiene una empresa de fontanería, sabe que sólo saldrá adelante con un buen equipo. Preferirá pagar más y tener buenos fontaneros en las obras, que ahorrarse costes y mandar chavalitos que no tienen ni idea y dejen las cosas mal; porque dejarán de llamarle.

No hablaba de grandes empresas, sino de esos empresarios humildes, que arriesgan, pasan noches sin dormir pensando en las facturas, se sienten responsables de sus empleados; porque los conocen a todos, sus circunstancias familiares, sus problemas...

Es bueno que les cambien el marco, que les permitan ajustar los salarios directamente con los empleados, que puedan maniobrar, cuando van las cosas mal, para capear la crisis sin despedir a nadie.

En esos estaba pensando.

Un saludo.

jano dijo...

Entiendo su planteamiento, Carmen, pero no se ajusta a la realidad, ni siquiera en las pequeñas empresas.
Tengo la experiencia de haber hecho reformas en mi casa (un piso antiguo) y contratar a un pequeño empresario que te cobraba hasta por hablar y descargaba su responsabilidad en trabajadores rumanos, algunos en situación ilegal, que largaban de lo lindo acerca de su situación laboral. Cuando terminó la obra de reforma total de la cocina y llegó el instalador de los electrodomésticos, no había elementos de fontanería para empalmar las tomas y salidas de agua y tuve que llamarle para que las instalara; el falso techo de la cocina, de placas de escayola, pretendía que lo pintara yo por mi cuenta y de mi bolsillo; el electricista-que era su cuñado-se empeñó en poner los enchufes e interruptores sobre la greca con la desaprobación de los albañiles rumanos que finalmente acataron sus órdenes: llega el "empresario" y ,ante la presencia de mi mujer y la mía les monta una tángana porque los puntos de luz no están bien colocados: el culpable fue el electricista y los albañiles han tenido que sacar los azulejos ya colocados para volver a ponerlo todo según la orden del eléctrico, le dijimos.
Después de aquella movida, el "pequeño empresario" pretendía cobrarme 100 € por las conexiones de los electrodomésticos (que no cuestan ni la mitad) y dejarme sin pintar el techo. Le miro fijamente y le digo que yo he pagado una obra para que la cocina quede totalmente lista y, de persisitir en su actitud, no le pagaré el segundo plazo y tendrá que denunciarme para poder cobrar: al día siguiente tenía un pintor en la cocina.
En este país, por desgracia, las pequeñas empresas funcionan así en muchos casos, y en una anterior reforma de los cuartos de baño, nos dejaron la casa de tal manera que intentamos contratar a empresas de limpieza: dos no aceptaron el trabajo y otras dos nos cobraban un carajal. Fianalmente alquilamos maquinaria industrial de limpieza y quitamos lo más gordo, para seguir durante meses eliminando la mierda que salía de todos los rincones.
Este es el panorama español.

Carmen Quirós dijo...

Me ha mentado la bicha, Jano. Mi experiencia en obras podría llenar la biblioteca nacional, se lo aseguro.

Tiene usted razón; pero esos empresarios, ese tipo de empresarios (yo también sufrí alguno así) exite y existirá siempre. Como existen otros, algunos que van ya por la cuarta generación que se las arreglan como pueden, renuncian a pedidos, porque no pueden atender la demanda con sus recursos y no contratan a nadie porque en las épocas de crisis el despido de empleados supondría la quiebra de la empresa.

De todos modos, veremos lo que pasa, si la reforma ayuda o no ayuda nada, cómo se comportan los empresarios, etc.

Le reconozco, sin embargo, que sí le doy la razón en que mi pincelada es un poco «tarta de fresa»; pero que quede entre nosotros.

Saludos.