31/10/11

Razones para estar allí






El comunicado de ETA fue una burla al Estado de Derecho. Tras cuatro décadas bien cumplidas sembrando nuestra historia de cadáveres, mutilaciones y atentados fallidos, declaraban una tregua definitiva, aunque no tanto;  puesto que estaba supeditada al cumplimiento de un plan de ruta que mantenía punto por punto sus objetivos, repetidos hasta la náusea a lo largo de medio siglo, mantenía su capacidad de atentar, reivindicaba sus bajas, supuestas víctimas, sin mencionar las causadas por su actividad y exigía compensaciones inaceptables.

Lo más duro, fue el comunicado de Mariano Rajoy, poniendo el acento en el hecho de que no se habían otorgado concesiones políticas. Tras lo ocurrido con María San Gil, esa apostilla era muy preocupante para las víctimas; pero también para toda una ciudadanía que rechaza cualquier claudicación, por nimia que sea, ante la banda.

La concentración estaba fijada para la una de la tarde; pero a las doce ya era muy abundante la presencia de asistentes en la Plaza de la República Dominicana, escenario de una de las matanzas más crueles de ETA. 

Las intervenciones estaban planificadas para poner de relieve el horror vivido con las intervenciones de María Jesús González, Toñi Santiago, Teresa Jiménez-Becerril y Francisco José Alcaraz.

No era una exposición gratuita de horrores, sino una necesaria evocación de lo que supuso ETA para miles de personas, a través de una selección de historias, que, siendo horribles todas ellas, eran benignas junto a muchas otras hazañas perpetradas por la banda en su siniestra cadena de crímenes. 

Se trataba de lanzar un mensaje de memoria histórica. Poco después de que Rajoy incluyera la morcilla de la ausencia de concesiones, Zapatero salió a la palestra para asegurar que, por lealtad política, no se daría ningún paso ni se tomaría ninguna decisión antes de que se celebraran las elecciones. 

Ninguno de los dos mensajes era tranquilizador. Rajoy no mostraba una negativa radical a dar importancia al comunicado y Zapatero establecía un plazo: nada antes del 20N; pero entre esa fecha y la toma de posesión del nuevo gobierno hay un plazo en el que el Ejecutivo en funciones puede tomar decisiones y ese interregno era muy preocupante.

Por eso había que manifestarse. Cuanto más numerosa fuera la asistencia, más cautelas tomarían los políticos a la hora de dar pasos. Había que estar allí para hacer bulto, para arropar a las víctimas, para colaborar en la labor de tienta de la ropa de los políticos antes de dar un paso, enfrentándoles a una respuesta masiva de la población.

Se consiguió el objetivo. Al menos en cuanto al PP. Nunca podremos saber si el anuncio que hizo hoy el PP al presentar su programa, comprometiéndose a no negociar con ETA bajo ninguna circunstancia, hubiera llegado en los mismos términos si no hubiera sido un éxito rotundo la concentración.

Por eso había que estar allí y, como nota curiosa, apuntaré un detalle que comentaron algunas de las personas que estaban en mi entorno.

Abrió el turno de intervenciones María Jesús González. Funcionaria de la Dirección General de la Policía, sufrió la amputación de una pierna y un brazo en un atentado con bomba lapa adherida a los bajos de su coche cuando se dirigía a su trabajo, llevando con ella a su hija, Irene Villa, a la que iba a dejar en el colegio. Irene sufrió la amputación de ambas piernas y varios dedos de una mano. Tenía doce años.

Cabía esperar que, como hizo Toñi o Teresa, se refiriera a su atentado en su intervención; pero no fue así. Relató el drama de otras víctimas que perecieron en otros atentados muy crueles; pero no a su caso y muchos se extrañaron.

La explicación es difícil de comprender para quienes están ajenos al núcleo de víctimas. Puedes ser un empresario que recibe cartas de extorsión para que pagues el llamado «impuesto revolucionario», te niegas a pagar, consciente de que puedes sufrir un atentado por la rebeldía y vives años y años con la amenaza suspensa sobre tu cabeza, consciente de que cada día es el último, que en cualquier momento, te pondrán una bomba lapa, te secuestrarán o te pegarán un tiro en la nuca. Puedes ser víctima de un atentado que te mutila, te priva de la visión, de la audición, deja metralla en tu cuerpo que causa dolores, incluso periodos en los que sufres grandes limitaciones por el dolor; pero, enfrentado a la muerte de otros, algo te mueve a rechazar tu condición de víctima. 

María Jesús, como la mayoría de los que han sobrevivido, soporta una serie de secuelas adicionales que le producen grandes sufrimientos; pero aún así, piensa, como todos los supervivientes, que lo suyo no es nada ante el resultado muerte de otros atentados. Por eso, obvia narrar su calvario particular para otorgar protagonismo pleno a los muertos, los que ella ve como víctimas reales, junto a sus familias.

Por eso, también, había que estar allí; para que los que soportan secuelas terribles y quienes han tenido que aprender a vivir sin sus padres, hijos, novios, maridos, grandes amigos, personas muy queridas, sepan que hay muchos españoles, muchísimos más de los que comparecen, que están a su lado y no les olvidan. Esa solidaridad es su fuerza y por eso había que estar allí, también por eso; sobre todo, por eso.

9 comentarios:

Rubín de Cendoya dijo...

Muy buenas razones. No se puede expresar mejor la necesidad de actos de este tipo.

José Antonio del Pozo dijo...

estuve, fue un acto muy bonito y emocionante, las asociaciones están aprendiendo muy bien a organizar. Faltó más juventud: hay que pensar en cómo traerles también.
saludos

Carmen Quirós dijo...

Gracias, Rubín.

José Antonio, la verdad que sí, que van aprendiendo. Creo que andan por la decena, si no por la docena y poco a poco, van dominando la estrategia de estos actos.

Un saludo a ambos.

jano dijo...

Una magnífica exposición, Carmen, repleta de buenas razones, como corresponde a una persona que ha vivido en Euzcadi y conoce la tragedia personal de algunas víctimas. Ahora le corresponde a los vascos mover ficha con inteligencia y firmeza y poner en jaque a esa pesadilla llamada ETA.
Un saludo.

Carmen Quirós dijo...

Temo que los vascos no harán eso, Jano. Tienen el miedo metido en el cuerpo hasta tal punto que es imposible que le hagan frente a los nacionalistas, menos a los separatistas.

Aparte de que no les ha ido nada mal en lo económico gracias a los nacionalistas. Hay cierto temor a lo que pueden perder sin el «primo de zumosol», aunque no sean conscientes, incluso aunque de modo racional, quieran que desaparezca ETA.

Si no se les salva desde afuera, no hay salvación para ellos.

Un saludo.

jano dijo...

Me temo, querida Carmen, que no hay salvación posible cuando uno no quiere. En una ocasión, en el blog de la Argos, comenté la liberación llevada a cabo por los asturianos con respecto al GRAPO: ninguna concesión y total repulsa. Sólo obtuve silencio sepulcral, como impone esta noche de difuntos. El rentismo político y económico de un pueblo que se considera superior en cultura e historia difícilmente se puede cambiar, máxime teniendo como lider a un cura semianalfabeto y a un clero, ya de por sí retorcido, que ampara a los asesinos en las sacristías, pasándose por el forro y por el foro las enseñanzas de Cristo. La mezcla de la religión y la política genera pólvora más dañina que mezclar el clorato potásico con azufre y carbón vegetal, como yo hacía en mi infancia con mis amigos para hacer fuegos de artificio.
Un abrazo.

Carmen Quirós dijo...

Tengo una anécdota clavada en el alma que me causó una profunda impresión. Mi padre, aunque nunca fue militante, tenía su corazón en el partido socialista. Odiaba a los comunistas; porque su padre fue obligado a salir con los niños de la guerra, contra su voluntad y terminó en Estalingrado, donde ganó la condición de héroe en el asedio, fue trasladado a Crimea donde sufrió penalidades sin cuento y probó todas las miserias del régimen comunista; pero sabiendo que si se quedaba, era carne de cañón, tanto de la izquierda como de la derecha por sus ideas liberales, aceptó la expatriación.

Cada mañana, desde que empezaban las vacaciones de verano, mi padre iba a la playa temprano. Jugaba un partido de fútbol con sus amigos en la arena de San Lorenzo. Cuando terminaba el encuentro, subían al Monte Coroña, se lanzaban al agua y nadaban hasta el Musel, volvían y regresaban a casa a comer. Volvían a la playa, jugaban otro partido, repetían la travesía, jugaban otro partido, mientras se secaban y a casa.

Un día, mientras jugaba el partido de la tarde, escuchó disparos lejanos. Se vistió con prisa y volvió a casa (vivía en Begoña, cerca del cuartel), tomando precauciones, poniéndose a salvo cuando sonaban disparos y avanzando cuando cesaban.

Fue reclutado por la República y cubrió toda la batalla del norte. Vencido, se batió con los suyos en retirada (con alguna anécdota novelesca en la que estuvo a punto de ser fusilado), se refugió en la casa de su abuela en Caldones y al poco tiempo fue llamado a filas para unirse al ejército de Franco y se chupó las batallas del Ebro, en las que, al final, cayó herido.

Adoraba a Yagüe, con quien tuvo una relación cuasi filial y odiaba a Franco, a quien conoció personalmente durante esa etapa.

Cuando volvimos a Oviedo tras el calvario de nuestros dos últimos años en el País Vasco, un día, en el que le contaba detalles de nuestros sufrimientos como objetivos de ETA, me sorprendió el «rayo» de su mirada. Tenía unos ojos verdes rasgados, de mirada muy intensa, capaz de expresar en segundos un abanico amplio de expresiones. Ese «rayo» transmitía ira, resentimiento y frustración. Tras un silencio, murmuró entre dientes: «los vascos son unos grandes cobardes». Le miré asombrada. Siempre cantó las virtudes épicas de los vascos, no comprendía esta mudanza.

Entonces me contó su experiencia en el frente. No recuerdo bien si su puesto estuvo en el Monte Gaztelumendi o en el Gorbea. La historia es, con independencia del frente, que, ante el avance intrépido de los italianos contra los defensores, los vascos caían presas del terror, arrojaban las armas y salían despavoridos dejando (esto lo remarcó) olores fétidos provocados por la relajación de esfínteres. Los asturianos les gritaban airados, reprochándoles su actitud: «¿No decís que amáis tanto vuestra tierra?» No lo bastante. Los vascos desertaron y los asturianos, derrotados, se batieron en retirada.

Le pregunté por qué no había contado nunca eso; por qué había mantenido siempre la teoría de que los vascos eran un pueblo recio y valiente. Se encogió de hombros, vencido y no quise acosarle; porque percibí que esa propaganda que otorgaba a los vascos un valor que no demostraron, era algo muy importante en el ámbito de su ideología y sólo se quebró cuando alguien tan querido como su yerno y su hija, sufrieron, una vez más, como le ocurrió a él y su unidad, las consecuencias de la debilidad de ánimo de los vascos ante las amenazas.

Claudio Sánchez Albornoz, en su obra «Orígenes del Reino de Asturias» proporciona muchas claves que permiten entender esas conductas. Los vascones fueron siempre los matones que azotaron las demarcaciones de los várdulos, caristios y autrigones, desde los tiempos prerromanos hasta bien avanzada la Edad Media. Siempre fueron los matones de la zona y no deja de resultar asombroso que en el s. XXI, sigan conservando ese papel sin avanzar un ápice en la evolución cultural.

jano dijo...

Carmen:
Su padre fue un personaje al que la vida le puso muchas dificultades y las superó todas, sabiendo crecerse con ellas; una vida de novela. Seguramente ha sabido transmitir a sus hijos el amor y la seguridad adquirida en una existencia difícil y llena de frustraciones, que no logró su destrucción, y le enseñó a valorar y disfrutar lo verdaderamente importante.
Gracias por este pequeño relato familiar.
Un beso y abrazo.

Carmen Quirós dijo...

Creo que la guerra civil blasonó España de historias dignas de ser contadas. Sí es cierto que las peculiaridades de los avatares de la familia de mi padre son muy novelescos; porque no sólo estuvo su guerra, sino la de su padre, que como le dije (con un patinazo de mis neuronas), estuvo con una hija en Leningrado. El hermano que le seguí terminó por alistarse alistarse en la División Azul «porque pagaban muy bien y a lo mejor, podía ayudar a su padre y su hermana», tras pasar toda la guerra preso, porque su nombre coincidía con el de un socialista muy perseguido que tenía treinta años más que él...

En fin... Batallas y guerras que afrontaron como pudieron y que quisieron dejar atrás, olvidando los bandos con un único interés: que no volviera a pasar.

Otro abrazo para usted, Jano.