24/12/11

Feliz Navidad






Ha llegado una fecha que no deja indiferente a nadie. Para unos, es una ocasión trascendente en la que celebran el nacimiento de Jesús. Para otros, es una celebración entrañable en la que reúnen a su familia y disfrutan del encuentro. Para otros es una cita fatídica con el consumismo, la tristeza y la soledad desgarradora, potenciada por el aura de encuentro que envuelve la Navidad.

Los dos primeros grupos son mi referencia. Tienen todo mi respeto y admiración quienes viven una celebración cristiana; porque su fe le otorga una trascendencia a la vida que la enriquece y orienta. Para ellos, las ausencias que van llegando con el paso del tiempo a la mesa, no son una fuente de angustia, sino la noticia de que sus queridos ausentes gozan de una vida más plena y cabe que, desde el lugar en el que estén, dediquen una mirada satisfecha a la alegría reinante y les otorguen sus bendiciones y protección.

Los que echan la casa por la ventana para disfrutar de los suyos son igual de admirables; porque, ante todo, tienen en gran estima y valoran la compañía de hijos y amigos. Si sienten el zarpazo de una ausencia, lo guardan para sí centran su energía en mimar a los suyos, crear ese clima mágico propio de las fechas para que reine la alegría y los más pequeños reciban lo que recibieron ellos: veladas mágicas que recordarán como inolvidables, ignorando que quienes las hicieron realidad sufrían en silencio las ausencias de seres queridos.

En cuanto a los últimos, soy consciente del drama. La vida da muchas vueltas y a veces, la soledad viene impuesta por un cúmulo de circunstancias irremediables. 

Aún así, mi experiencia me enseña que quienes vivieron dándolo todo por los demás, son los seres más felices. Que quienes derrocharon alegría y optimismo, incluso cuando les sangraba el alma, son una referencia codiciada y si la crueldad inevitable de la vida les priva de los más cercanos, ese círculo de amigos agradecidos cuida de ellos, nunca les falta una invitación de alguien ansioso de contar con su alegría y jovialidad en fechas tan señaladas y si pasan solos esa noche, es porque prefieren quedarse en su casa.

Ese es el espíritu de la Navidad: un tiempo de recogimiento, de evocación, de entrega y amor al prójimo. Me pregunto si esos que apelan a la soledad de otros, han pensado en invitar a alguna de las personas que están en esa situación a sentarse a su mesa  para librarles de la losa de la soledad. Me pregunto si quienes condenan el consumismo pensando en los que no tienen nada, han planificado una reducción de sus propios gastos para invertir parte de lo ahorrado en proveer a una persona o una familia escasa de recursos, de viandas y artículos de primera necesidad para que esa celebración sea más alegre para ellos.

No hay regalo que iguale la sensación de paz y dicha que se obtiene cuando se corona una carrera de preparativos orientada a arañar un tiempo precioso en la organización de tu fiesta, que te permita escapar en las horas claves para ir a acompañar a quienes tienen que recurrir a un comedor social para celebrar su fiesta de Navidad. Vuelves a casa sabiendo que tus invitados te esperan; pero esa circunstancia que, en otro momento, te causaría una crisis de ansiedad intensa, no te afecta lo más mínimo.

Quienes te esperan tienen una vida confortable y da igual si sirves la cena media hora antes o después; pero lo que has estado haciendo, acompañar, ayudar al éxito de la celebración que acoge a los más desfavorecidos, es algo tan grande y enriquecedor, que sería justo que te pidieran mucho dinero por concederte la oportunidad de regalar sonrisas, actuar como camarera o ayudar a lavar los platos que usaron tus ángeles de la Navidad.

No hay antídoto comparable para la sensación de asco que invade a muchos con la sensación de consumismo que aparece en estas fechas, como la colaboración con estas iniciativas. Hay un mundo, más allá de los platos repletos de mariscos, las recetas de alta cocina y los regalos que se intercambian en esta celebración: ir a uno de esos sitios para ayudar a ofrecer a los más desfavorecidos una velada cargada de alegría, mimo y entrega. 

Prueben a hacerlo. Es el primer paso en un ejercicio de aprendizaje que te enseña que, por encima de tus creencias, tus tendencias y circunstancias, la Navidad tiene un valor intrínseco que hay que cultivar cada día de tu vida, prolongando ese espíritu de entrega y amor. En ese camino se aprende que alegrar la vida a otros es el objetivo vital clave. Y si se consigue, es muy poco probable que lleguemos a estar solos sean cuales sean las circunstancias de nuestra vida; porque el amor que hemos repartido, retornará.

Feliz Navidad a todos.

4 comentarios:

Gulliver dijo...

Bellas palabras llenas de amor. Siempre es un placer leer sus reflexiones, pero hoy lo es de un modo especial.

Feliz Navidad

nikita dijo...

Feliz Navidad Carmen.

Que sea un día muy especial.

(Espero que la próxima vez que nos felicitemos ya nos conozcamos.)

jano dijo...

Carmen, ha hecho usted una exposición magistral del espíritu navideño, con las distintas opciones para cada gusto y creencia y teniendo presente la esencia común: el encuentro, la solidaridad, la vivencia mágica que tienen los niños y que recordarán en su mayoría de edad.
No sé si Dios existe ni si Jesucristo fue el Mesías, el hijo de Dios, pero lo que sí sé es que siempre recordaremos la infancia ligada a la Navidad; la reunión familiar y con amigos que se sucede en el tiempo año tras año.
¡Felices fiestas, Carmen!

Carmen Quirós dijo...

Gracias por su felicitación. Que tengan ustedes una noche mágica.