19/12/11

En capilla






Se nos hizo eterno; pero el plazo ha concluido. Dentro de unas pocas horas Mariano Rajoy comparecerá ante el Congreso para desgranar su discurso de investidura.

Trazará en él las líneas maestras de su política; pero no entrará en detalles. La razón es obvia: está cumpliendo lo que prometió, no se quejará en ningún momento de la herencia recibida. Respaldó la comunicación del gobierno en funciones, que proclamó un traspaso ejemplar de funciones plegándose al mensaje; pero los miembros del equipo designado para dirigir ese traspaso ya avisaron: se les ofreció la información básica. Hay muchas cajas sensibles sin analizar y cabe prever que se haya destruido información sensible en este lapso. Eso significa que necesitarán meses de trabajo para comprobar la realidad de las cuentas públicas y cuadrar la política económica que han de abordar. Sin esos datos, es imposible enrtar en detalles.

Rubalcaba, el que lo sabe todo, probablemente ignore los datos que se ocultaron al equipo de Sáenz de Santamaría en el detalle; pero no cabe duda de que tiene claro que les han engañado y dejado un escenario mucho peor del que les han dejado entrever. Aún así, replicará conminando a Mariano Rajoy, en una edición más del ejercicio de cinismo al que nos tiene acostumbrados, a que detalle minuciosamente sus planes, logrando que vomitemos muchos españoles, como hemos venido haciéndolo al escucharle a él, al presidente que le encaramó a las cotas más altas de poder que conoció en su trayectoria política y al resto de los componentes de ese ejecutivo que se consagraron como los mendaces por excelencia de la historia de nuestra democracia; pero que lo hicieron de forma tan burda y patética, que, hasta los más fieles, acabaron por sentirse afrentados y de ahí su 110 en los resultados electorales. 

La paradoja que afrontaremos mañana es que lo más relevante de la jornada no radica en el discurso del aspirante a la investidura, sino en la intervención del gran derrotado. 

El futuro de Rubalcaba, tras su apabullante derrota, depende del éxito que coseche ante los españoles en la respuesta que le dé al candidato. Si logra hilar un discurso político de altura, tiene posibilidades de ser investido en el próximo congreso del PSOE como líder del partido, si no lo logra, está deshauciado. 

Los antecedentes predicen un gran batacazo. No cabe dentro de lo posible que, en el turno de respuesta, Rajoy replique con una frase demoledora de este tenor: «señor Pérez Rubalcaba: llevamos sobre nuestras espaldas una experiencia de años en los que el Gobierno en el que usted ostentó un poder omnímodo nos demostró que el engaño, la mentira, la fabulación, el insulto a la inteligencia más elemental, constituían la esencia de la acción gubernamental. El traspaso de poderes nos ha demostrado que mantienen esa línea de ocultación y esa es la razón por la que no puedo descender al detalle de mi programa; porque, vistos los papeles del traspaso, tengo fundados motivos para sospechar que lo que encontraré cuando tome posesión de mi cargo es mucho peor de lo que pude imaginar en la peor de mis pesadillas. Tengo una dilatada experiencia de Gobierno, señor Rubalcaba, que me permite calibrar, sobre la base de experiencias pasadas, el monto del problema que voy a afrontar. A diferencia de usted y el gobierno del que formó parte, soy honesto, franco y responsable. Mido cada palabra para ceñirla a la verdad, persigo el rigor en mi discurso y, por todas estas razones, me considero incapaz de detallar medidas en este momento; porque soy consciente de que he sufrido esa mendacidad intrínseca que caracteriza a la formación a la que pertenece usted, tengo la certeza de que las cosas están infinitamente peor de lo que nos han contado y necesito conocer el daño en toda su intensidad, antes de detallar con minuciosidad el programa adecuado para enmendar el desastre que ustedes han provocado».

Seríamos legión los españoles que aullaríamos aclamado esa respuesta; pero Rajoy nunca dirá algo así. No está en su ADN (que diría Rubalcaba) hacer sangre del contrincante de forma tan descarnada; pero hay otros caminos y Rajoy sabrá usarlos para desactivar la réplica, no ante el gran público, sino ante los analistas de PSOE, políticos curtidos en captar matices que se escapan ante el grueso de la ciudadanía y miden el nivel de la derrota sufrida por su representante usando parámetros que ignoramos los ciudadanos de a pie, incluso en los casos en los que nos pareció que un parlamentario había ganado por goleada, que decretan, de modo inapelable, que resultó perdedor y falló de modo estrepitoso a la confianza que depositó en él su partido.

Todos estamos pendientes del discurso de investidura de Mariano Rajoy. La mayoría pensamos que es determinante; pero eso es falso. Su mayoría le garantiza la investidura, incluso en el caso de que el contenido de su mensaje se centrara en relatar un cuento tradicional. Será investido, diga lo que diga y si optara por recurrir a la narrativa tradicional, si elige bien la historia, obtendría un gran éxito. Los analistas, ante la oscuridad del mensaje, saldrían en tromba a interpretar los aspectos más sutiles del cuento, pergeñarían un mensaje filosófico consistente y  le consagrarían como un gran visionario; porque ha ganado las elecciones por mayoría absoluta y eso estimula de modo notable un sentimiento de pleitesía acendrado, del que no pueden escapar ni sus detractores más virulentos en el pasado.

Rajoy no se juega nada; porque ostenta la cuota de votos  que garantiza su nombramiento para el cargo. Es Rubalcaba (110) quién tiene que protagonizar un alarde antológico en la respuesta para consolidar el liderazgo que persigue en su propio partido y todo apunta a su fracaso. Es un excelente fontanero; pero como líder, se ha revelado en exceso endeble. 

No descartemos sorpresas; pero es razonable apostar por una opción refrendada por los hechos constatados. Rubalcaba está muy por debajo de su leyenda y el discurso de investidura de Rajoy tiene muchas probabilidades de convertirse en su tumba política ante su partido.

2 comentarios:

jano dijo...

Rajoy no nos puede largar un discurso de esperanza porque deberemos enfrentarnos a una situación muy difícil y de resultado incierto; tampoco puede concretar medidas con detalle porque no conoce aún la magnitud del desastre, que será mayor del esperado. Pero la población empieza a ver brotes verdes, que serán difíciles de cosechar y quizás no sean suficientes, de momento, para llenar la despensa que nos han dejado vacía.
Hoy, mientras tomaba un café, escuché una conversación entre dos trabajadores afiliados a un sindicato (creo que es UGT):
-Fran, mañana hay una manifa en Oviedo, frente al sindicato y a las 11:45, para reivindicar puestos de trabajo. Te recojo a las 10:45 ¿vale?.
- Vale. Algo habrá que hacer porque esto ya no se puede soportar por más tiempo, pero la cosa está tan mal que tampoco podemos pedir milagros...
- La cosa ta jodida, sí, pero hay que movilizarse y hacer presión para que no nos olviden.
- ¿Lleves tu el coche o llévolu yo?
- Llévolu yo, que ya quedé en la sede con los compañeros. Después iremos por Uría hasta el palaciu pa que nos escuchen.
No había violencia ni resentimiento, solo resignación y ganas de mejorar la situación con algo más que una papeleta en la urna. Rubalcaba y su crispación empieza a estar vencido.
Saludos, Carmen.

Carmen Quirós dijo...

Me ha parecido divertidísimo el diálogo. «Algo hay que hacer para que no nos olviden». Aún no se han enterado de que, tras la etapa zapateril, tendrían que hacer lo que fuera para que no recordáramos que existen. Un saludo, Jano.