1/12/11

Las pequeñas cosas




Alberto Fabra (Fotografía: 'Desde Levante' ESD)

Esta noche, escuché a Ónega en el cierre de 'La Brujula' ironizar en su editorial sobre las medidas adoptadas por el Presidente de la Comunidad Valenciana para recortar gastos. El tono burlón me exasperó; porque veo desde una atalaya privilegiada las penurias de muchas familias y me parece una frivolidad que se considere una tontería, si no un gesto estúpido, poner coto a los gastos de los políticos.

El señor Ónega propone cambiar el refrán: «pasa más hambre que un maestro de escuela» sustituyendo la profesión por el de Consejero de la Generalidad Valenciana por el hecho de que las dietas de comida de los Consejeros, se fijen en veinte euros.

Para quienes sientan pereza en seguir el enlace, les informo: Fabra ha adoptado una medida de ahorro en la que establece una dieta de comida de veinte euros para los Consejeros y recomienda elegir locales cercanos a la sede para evitar gastos de transporte. Al comentarista le ha hecho mucha gracia esa medida.

Parece que el señor Ónega no considera que él, como yo, sufraga las cuchipandas del Gobierno central, del autonómico y del consistorial. Sobran las noticias, aunque no haya datos oficiales, que nos permiten aproximarnos al volumen de gastos que generan nuestros políticos, más que generosos a la hora de usar la VISA oficial para darse homenajes en restaurantes muy caros, que sufraga el contribuyente.

Me he molestado en buscar en Google el precio medio del menú en los restaurantes de Valencia y el resultado ha sido este: se puede comer muy bien por quince euros, a juzgar por las opiniones de los clientes. 

Item más. No cabe ninguna duda de que en los días en los que las exigencias del cargo obliguen a los Consejeros a renunciar a comer en sus casas y optar por un restaurante para abreviar el trámite alimentario, resulta muy sencillo reducir costes concertando con un restaurante de calidad cercano a la sede del Parlamento de la Comunidad de turno, una oferta razonable que permita cubrir a satisfacción las preferencias individuales con la oferta de un abanico limitado de opciones que satisfagan a quienes prefieran legumbres o verduras, carnes o pescados, fruta o postres dulces en su dieta.

La medida de Fabra no sólo es obligada, sino que resulta más que razonable. Ya está bien de que los contribuyentes sufraguemos comidas que nunca pagarían de su bolsillo nuestros políticos. Es obvio que si comen en un restaurante en lugar de ir a su casa, es porque tienen que afrontar por la tarde sesiones de trabajo y goza de una amplia aceptación que, si has de afrontar una tarea exigente por la tarde, la dieta más adecuada es hacer un desayuno que proporcione un aporte alto de vitaminas, proteínas variadas e hidratos de carbono, para afrontar el día con una ingestión de nutrientes potente, que nos permita llegar a la comida con un hambre moderada, fácil de satisfacer con un refrigerio ligero que nos liberará de la modorra que provoca una comida copiosa y nos permita rendir con plenitud en la sesión de la tarde y relegar para la tarde-noche la ingesta de una cena más copiosa que compense la frugalidad de la comida.

Las amas de casa sabemos que la clave del éxito de la economía doméstica está, no en la reducción del consumo  en grandes magnitudes, sino en sustituir el solomillo por las albóndigas, en recortar en partidas de apariencia despreciable a priori; pero que sumadas, suponen una notoria reducción de gastos a final de mes.

Fabra ha aplicado esa sencilla contabilidad doméstica y no dudo de que será efectiva; porque las sangrías más graves de cualquier economía no están tanto en los grandes gastos, como en la férrea administración de los pequeños. Yo puedo lograr economizar una partida notable eliminando el coste de adquisición de un inmueble o los gastos de mantenimiento que entraña vendiéndolo; pero me asombraré, si mantengo una contabilidad rigurosa, ante la cantidad de dinero que se me va cada semana en bagatelas, pequeños caprichos, partidas de apariencia insignificante, que, sumadas, alcanzan resultados abrumadores.

No se equilibrará la economía de la Comunidad Valenciana sólo con ese recorte de gastos, en eso le doy la razón a la tesis profunda que sostiene Ónega; pero hay dos factores positivos en esa decisión. Uno está en esos contribuyentes que trabajan varios meses al año para pagar sus impuestos y ven cómo los dilapidan los políticos dándose homenajes que no se justifican en una estrategia de captación de voluntades o recursos que nos beneficien a todos, homenajeando periódicamente a inversores codiciados y se limitan a disfrutar de placeres que no se permitirían si tuvieran que pagarlos de su bolsillo y otro, un mensaje al contribuyente asqueado de que, de una vez por todas, se va a poner coto a la alegría de los políticos al invertir nuestros impuestos. 

Debo confesar, con vergüenza, que incurrí en la maldad de preguntarme si las ironías del periodista no tienen algo que ver con la posibilidad de que ese libertinaje en el uso de las tarjetas de crédito institucional tengan algo que ver con los homenajes a los que pueden acceder determinados santones de la opinión, invitados por el detentador de cierta tarjeta que les permite acceder a cotos prohibidos en su nivel de ingresos con una frecuencia notable, si logra conciliar un grupo abundante de aspirantes a su apoyo en los Medios; pero mi 'yo' honesto lo rechazó de inmediato. 

Ningún profesional honesto de la información permitiría que su juicio sobre una noticia fuera mediatizado por la eventualidad de disfrutar de invitaciones a comer o cenar en restaurantes prohibitivos para su economía, por parte de políticos con «derecho de pernada» en el uso de su tarjeta institucional. Me declaro culpable y asumo mi penitencia.

2 comentarios:

jano dijo...

No se me flagele ni se ponga el cilicio, Carmen, por decir la verdad.
Algo de complicidad debe de tener el home que cena centolla, al que escucho todos los días y considero buen periodista, para reir la propuesta de Fabra. Debe de ser que los famosos y los políticos tienen miedo de mezclarse con el populacho en algún comedor de mesón corriente, donde se suele comer opíparamente por un precio razonable, por temor al qué dirán y a los los horrores de la digestión. En los locales más finos te cobran un riñón por una "cagadita" servida en plato de postre y eso ayuda a no dormirse en el pleno.
La racanería de nuestros políticos es a veces esperpéntica: un diputado que pide una factura en un kiosko, después de haber comprado una bolsa de Doritos, para cargarla a sus gastos de representación.
¿De dónde sale esta gente, que parece que no han comido en su vida?
Saludos, Carmen.

Carmen Quirós dijo...

Salen de los mismos sitios que usted y yo, Jano; pero parece que en las esferas políticas, una vez subido al carro, se te mete una cantidad de tontería en la cabeza que no veas. He visto mujeres muy inteligentes, convertidas en perfectas it girl obsesionadas por los trapos, una vez que entraron en política. Que te vean comer o cenar con determinadas personas es clave. Si vas a sitios donde no saben distinguir unos 'Manolos' de unos 'Pons Quintana' o desconocen quién es quién, no podrás lucir la compañía que llevas, sobre todo si ya está entrado en años, sobrado de kilos y tiene un aspecto gris.

Un saludo.