15/5/11

Los secretos del viejo templo















Hoy quiero brindarles, en lugar de un análisis de la actualidad, un fragmento de una novela mía, con la que me divertí, sufrí y fui muy feliz durante los meses que empleé en desarrollarla. Este es el contenido de un documento muy antiguo que se encuentra en la estancia de un templo enterrado bajo otro dos mil años antes del hallazgo. En la cabecera del rollo figura este título: «Fundamentos de la organización administrativa conforme a la Regla que rige el equilibrio universal». Sólo se lee un fragmento, hay más contenidos; pero esa parte revelada creo que es la más importante de la obra. A lo mejor, sirve para inspirar a algún político perdido que entre en este blog...



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El buen gobierno de un pueblo se basa en el equilibrio. Sólo se alcanza esta armonía cuando todos y cada uno de los miembros de la comunidad, desde el Rey al aguador, sirven al bienestar común.
Es preciso que se parta de un principio: No hay trabajo pequeño, ni acto que carezca de importancia cuando se integra en un movimiento que persigue el bien de todos.
¿Cómo considerar que el aguador es un elemento insignificante y su oficio carece de importancia? ¿Cómo construir un edificio magnífico, una extensa calzada, arar la tierra que se ha de sembrar, o recoger la cosecha, si el aguador no deambula infatigable, protegido por su amplio sombrero del castigo del sol, dando de beber a los trabajadores sedientos?
Por ello el principio básico del equilibrio del Reino descansa en la justa valoración de la importancia de los oficios, el reconocimiento general y la convicción personal, de que es de vital importancia hacer bien una tarea, sea cual sea, para que nuestro Reino prospere.
Todo gobernante sabio es consciente de que el celo en la realización de las tareas rutinarias es el puntal sobre el que se apoya su prosperidad. Por lo tanto, nunca desdeñará la ocasión de premiar con su aprobación al siervo que hace relucir sus sandalias, al campesino que traza surcos rectos, al alfarero que convierte en arte el modelado del humilde barro.
El gobernante sabio hará esto para involucrar a todos sus súbditos en la tarea de gobernar. Lo hará, si no por generosidad de espíritu, por cálculo.
Cuando un Rey organiza la Administración, su pueblo verá si le ha tocado en suerte un sabio o un necio. El Reino es como la casa que cobija a la familia. Ambos han de ser administrados y gobernados para un correcto funcionamiento; ha de haber alguien que gobierne, alguien que administre y alguien que dirija la labor de los sirvientes y jornaleros.
No habrá orden si son muchos los que gobiernan; no se avivará más la tarea si hay más capataces que braceros; no habrá prosperidad si son más abundantes, en la proporción, quienes organizan y controlan, que los que producen.
Todo Rey sabio ve con claridad que la riqueza de su reino está en la tierra, en las manos de los artesanos, en las cabezas que idean las mejoras y en los mercaderes que transforman en oro los productos excedentes con su tráfico en el mercado.
Por ello, la Administración de un Rey sabio se organizará con un cuidado exquisito, para que no haya un número mayor ni menor de funcionarios, del  necesario.
Todo funcionario es un ciudadano detraído al contingente de generadores de riqueza. La adscripción de ciudadanos instruidos a las labores de organización, control y recaudación, es una renuncia necesaria. Pero mientras el resto de los súbitos crea la riqueza que cubre sus necesidades, el funcionario cubre sus necesidades con la riqueza generada por el trabajo de los demás, detrayendo de ella su salario.
Es necesario y útil para el Reino este sacrificio; pero ha de estar bien ajustado. Un Rey no gobierna mejor por el hecho de tener doce dedos en las manos, cinco brazos y seis piernas.
Tampoco le servirá mejor a sus fines una legión de funcionarios pululando en desbandada por el Reino. Si son más de los necesarios, harán tres el trabajo que cubriría uno competente y lo usual es que sólo el diligente realice la tarea, mientras los otros se entregan a la molicie que fomenta la corrupción.
Esa realidad, constatada por el que trabaja con denuedo, causa frustración y desánimo, genera desorganización y pervierte el fin de la propia Administración.
Jamás aceptará un Rey sabio que el problema que plantea a una familia un individuo inútil, que no es hábil en ningún oficio, que es gandul e indolente, que esquiva el trabajo y no tiene ningún futuro, se resuelva integrándole en la Administración, manteniéndole con el oro que genera el sudor de los esforzados; premiando con la seguridad de un empleo vitalicio a quien no ha alcanzado ningún mérito para ser mantenido por el resto.
Eso fomentaría entre el pueblo la conciencia de que la Administración es el refugio de los inútiles y los idiotas, empañaría su prestigio y minaría el Real. Porque una Administración eficiente, disciplinada y ejemplar, es el reflejo, la imagen que tiene el pueblo llano, de la lejana figura de Rey y lo que sean sus funcionarios, las virtudes que les adornen y los defectos que presenten, serán la imagen del Rey ante sus súbditos.
Por ello, al abordar la creación o la reforma de una Administración, el Rey debe de estudiar con ahínco las características físicas, geográficas y económicas de su Reino. Ha de evaluar, sobre la base de éstas, la distribución de las Provincias y la pirámide orgánica que ha de regirlas, que irá en función de sus condiciones.
En ocasiones, la lejanía, el aislamiento y la dificultad en las comunicaciones de un área pequeña, hará aconsejable una estructura administrativa completa dedicada a ese territorio; mientras que áreas más extensas, homogéneas, mejor comunicadas, permiten destinar muchos menos funcionarios a su administración, sin que la eficiencia sufra.
Persiguiendo este equilibrio entre lo mínimo y lo adecuado, ha de estructurar con habilidad las funciones, de modo que cada funcionario tenga a su cargo todo el trabajo que debe hacer, que nunca será superior al que puede hacer.
Nunca diseñará una estructura generalizada; porque lo que en un distrito es suficiente, en otro es excesivo y en el tercero escaso. Cada zona es diferente al resto, como cada individuo es diferente a su vecino y ha de ser tratada como lo requiera su naturaleza. Eso hará que cada provincia constate que el Rey la conoce, la distingue de las otras, ve sus necesidades y provee con sabiduría su administración ni en más ni en menos, de lo que necesita.
Lo contrario hará ver a sus súbditos que, para su Rey, son como una mancha difusa de rebaño que pasta en la ladera y provee su cuidado sin averiguar su número, si son ovejas o cabras, indiferente a su naturaleza y necesidades, sin otro objetivo que ordeñar sus ubres ingenuas, extenuándolas, para que le den buena vida a él y a sus pastores.
El Rey sabio es el que logra que todos y cada uno de sus súbditos sientan que les tiene presentes en su corazón y que si necesitan su socorro, por humilde que sea su casta, pueden llamar a su puerta en la seguridad de que serán recibidos y alentados.
Sólo logrará imbuir esa conciencia por dos caminos: Gobernado de tal modo que la inteligencia y el esfuerzo sean gratificados; promoviendo a los más brillantes a los cargos que merezcan, en función de su valía, sea cual sea su cuna y la posición de su casta y que, del mismo modo, quede cerrado el paso para quienes carezcan de dotes, por brillante que sea la cuna que les meció o el poder de su linaje.
El segundo camino, complemento necesario, es que su Administración se distinga ante su pueblo por su prudencia, su eficiencia, la cercanía a los problemas de los súbditos de las provincias que gobiernan en nombre del Rey y su diligencia para enfrentarlos y resolverlos, respaldados siempre por el Rey.
Por ello, ha de seleccionar con escrupuloso cuidado a los funcionarios, se mostrará riguroso en la selección de los que han de ostentar mayores poderes, poniendo el primer lugar y, sobre todo, el espíritu de servicio y la abnegación. No elegirá nunca al soberbio, al que tiene un alto concepto de sí mismo, al que carece de sensibilidad y compasión. Entre este grupo elegirá a los más resueltos, más firmes para mandar y más flexibles para adaptarse a las circunstancias. Entre estos elegirá a los más trabajadores y celosos de su deber y entre éstos a los más agudos e inteligentes.
A este grupo le imbuirá en persona los principios que ya hemos reseñado y les enviará a las provincias para que estudien sus necesidades y, cuando conozcan bien las más urgentes, remitan un informe solicitando que se les provea de un número imprescindible de ayudantes.
Si ya existe una Administración y se persigue una reforma, esos Gobernadores añadirán al informe una relación de los funcionarios ya adscritos que consideran eficientes, trabajadores y capaces y si entre ellos alguno les merece la consideración de adecuado para servir en uno de los puestos que ha de ser cubierto, lo recomendará.
Respecto al resto de los funcionarios que ya prestan servicios, especificará quiénes, entre aquellos que hacen mal su trabajo, ponen empeño y dedicación, que quedan anuladas por su escasa inteligencia o la falta de idoneidad de su naturaleza para la tarea encomendada y, sin embargo, adscritos a la tarea adecuada, pueden prestar un buen servicio y quiénes no ofrecen posibilidad de realizar bien el servicio en ningún caso.
Lo óptimo es desembarazar a la Administración de la carga de los funcionarios inútiles, despidiéndoles del servicio y sustituyéndoles por buenos funcionarios. Sin embargo, esta solución óptima puede no ser la mejor en determinados casos. La tradición, condiciones particulares y mil factores más, pueden convertir en un grave conflicto el despido.
En estos casos, tras valorar la conveniencia de renunciar a la solución óptima, el Rey dará instrucciones al Gobernador para que, en primer lugar, remueva de sus puestos a esos funcionarios y los asigne a la categoría inferior, sea cual sea el puesto que ocupasen con anterioridad. Ordenará que se prescinda de ellos en la función administrativa, sin encargarles tarea alguna, como no sea la de actuar de recaderos u otra similar.
El Rey sabio sabe que es preferible el descontento de unos pocos al sufrimiento y la ignominia de quienes habitan una demarcación administrada por incompetentes que causa daños y ningún beneficio y optará por el bienestar de sus súbditos en toda circunstancia; porque su poder radica en la riqueza y la felicidad de su pueblo y proteger a los ineptos sólo servirá para deteriorar su autoridad y perjudicar su fama entre ellos.

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