
Juan Rodríguez y Sonsoles Espinosa (EFE)
Hoy asistimos a un nueva edición del Debate sobre el Estado de la Nación. Dadas las circunstancias, la escenificación de este evento político fue lo más parecido a la representación de una tragicomedia en una de esas corralas que ejercían de teatros en tiempos pasados.
Todos conocíamos la obra. Sabíamos que el Presidente iba a intentar presentar un discurso en el que contaría que pronto irán mucho mejor las cosas, gracias a las reformas (fallidas e insuficientes) que ha acometido inmolándose por España y Rajoy le pondría frente a una realidad con la que comulgarían una mayoría de españoles, en especial los que están en situación más precaria. Todo fue como se esperaba.
Hay algo que, como mujer, ronda mi cabeza hace tiempo y me sorprendió hace semanas con una reflexión que me pareció absurda. Saludaba a una persona mayor, la vi mirarme con expresión dubitativa y aclaré: «Soy la mujer de Fulano de Tal». Amplia sonrisa, apretón afectuoso de mi mano, loa inmediata de la figura de mi marido. Cuando me retiraba, la imagen de Sonsoles Espinosa llenó mi mente. A veces puede ser muy fastidioso que se considere que tu mayor mérito es estar casado con determinada persona; pero en ese momento, me pregunté qué sentiría si cuando menciono a mi marido se congela la expresión de mi interlocutor, se hace un silencio, percibo desprecio o compasión por mi «mala suerte» en la elección.
Hoy Espinosa aguantó toda la sesión junto a su suegro. Por mucho que intente atrincherarse en el fortín de la Moncloa, evite la lectura de la prensa, la televisión y permanezca en la absoluta ignorancia de la política, parece imposible que se mantenga ajena a la opinión que «la calle» tiene de su marido.
Ni en su propio partido le respetan o conceden algún mérito. Los socialistas más fervorosos le maldicen, los menos fieles le retiran su confianza. Mentiroso compulsivo, incompetente, vengativo, demente... Hay calificativos para todos los gustos entre sus fieles. No digamos ya lo que opinan quienes no tienen esos sentimientos de fidelidad a las siglas que, por ahora, representa.
Puede que sea como él, que viva en un mundo propio en el que la realidad se reedita a conveniencia; pero si no es así, si tiene un mínimo de sentido común y pundonor, tiene que ser durísimo asistir a ese acto en el que el discurso del Presidente muestra de forma descarnada que sigue ajeno a la realidad, que está acabado, se despide balbuceando una sombra del discurso fantasioso y triunfalista de sus épocas más floridas, intenta justificarse y se despide implorando condescendencia antes de revelar de pronto su catadura real.
Rajoy cierra su réplica deseándole lo mejor para él y su familia en su nueva etapa. Zapatero replica supurando rencor porque no le ha apoyado como él hubiera querido en su condición de jefe de la oposición. Sonsoles tiene que conocer, de primera mano, el plan que urdió su marido para crear el «cinturón sanitario» frente al PP. Tiene que tener noticias de las ochenta y tantas propuestas que presentó Rajoy y desestimó o bloqueó su marido, llamadas a corregir la línea política que seguía en materia económica.
Si yo hubiera estado allí, me hubiera muerto de vergüenza. Ella no. Aguantó todo, como lleva aguantando todos estos años, con gesto impasible, a veces aburrido, incluso agotado, en una muestra de apoyo y lealtad ejemplar. Sonsoles está mucho más allá de lo que puedo entender; pero he de reconocerle el mérito de lo que supongo un amor sin medida, que los simples mortales no podemos comprender.
PD. Estaré fuera unos días. Me niego (por ahora) a viajar con el ordenador a cuestas y hasta el sábado no habrá nuevas entradas. Sé que la blogosfera no se hundirá con mi ausencia; pero quiero rendir este homenaje de respeto a quienes entran a leerme.