24/4/10

De símbolos

Los símbolos son fascinantes. Incluso cuando se olvida lo que representan, ejercen una rara e incontrolable fascinación. Son elementos aglutinadores porque permiten reconocer la pertenencia a un grupo que los ha interiorizado tanto que aunque no sepan ya qué significan. Basta pensar en los elementos decorativos con símbolos florales, solares, la imagen del toro o del caballo, de los zarcillos de la vid. La mayoría ignora la importancia que tuvieron en su tiempo como representaciones de la fecundidad, de la fertilidad, de la renovación de la vida; pero siguen fascinándonos cuando los miramos tallados en piedra, o madera, dibujados en paredes o vasijas.
Los símbolos tardan siglos, incluso milenios en consolidarse en el imaginario de una sociedad y perduran durante milenios en ella.
Los clanes antiguos tenían un tótem, una figura que les distinguía en la batalla; pero también en sus manufacturas. Cada tribu elegía su tótem: el oso, el lobo, la paloma, el zorro. Pero las «tribus hermanas» adoptaban un símbolo común para distinguirse de las otras: galaicos, astures, vacceos, arévacos, tenían sus símbolos distintivos.
De esos signos identitarios vienen las actuales banderas. Cuando se van unificando políticamente los pueblos, adoptan símbolos, herederos de los anteriores. No es extraño, por ejemplo, que en la bandera de Asturias campee la Cruz de la Victoria sobre un campo azul. El símbolo más repetido de nuestra cultura ancestral es el símbolo solar que representa a la deidad más poderosa, la que da la vida. Trasponer la rueda del sol a una cruz dorada es una muestra de sincretismo religioso que traslada a un símbolo nuevo el contenido de otro muy arraigado que se puede reconocer, aunque simplificado, en el nuevo y asimilado con facilidad.
Las vírgenes que pueblan la geografía de este país y de tantos otros, son las herederas de los cultos a las poderosas matres antiguas, diosas de la fecundidad que concedían cosechas abundantes, bendecían con la fertilidad a las mujeres y las protegían en los partos, cuidaban de que el mar o los ríos proporcionaran abundante alimento o de que el ganado se multiplique.
La Semana Santa hereda la fiesta del nacimiento de la primavera, el triunfo del dios de la vida arrastrado a los abismos de la muerte que triunfa sobre ella para resucitar y traer a los campos la vida y con ella el alimento de los hombres. La fiesta de San Juan, es un segundo paso en los rituales de fertilidad: la siembra está hecha, ya han nacido los primeros frutos; pero queda mucho trabajo por delante para el dios y las diosas de la fertilidad y hay que ayudarles con la ceremonia del fuego purificador que quema lo viejo, lo asociado a la muerte, al infortunio, a la desgracia, que culmina con la ceremonia del agua.
Todo lo que nos conmueve hoy, es hijo de lo que nos conmovió en el pasado. En la religión católica se infiltraron, no podía ser de otro modo, símbolos religiosos del pasado y las grandes manifestaciones religiosas conmueven tanto porque en el fondo forman parte de un ritual que se viene celebrando desde los tiempos más remotos.
Europa conoció el velo y la mantilla como influencia de la cultura árabe. En su momento era la más refinada y ese hecho acabó introduciéndose, incluso en los rituales religiosos católicos que impusieron el uso del velo o de un pañuelo como muestra de modestia y recato.
Soportamos una campaña feroz de destrucción de símbolos destinados a privarnos de nuestra identidad comunitaria y, en consecuencia, a transformarnos en una masa sin referencias fácil de manipular.
Hoy leía a una sesuda periodista añadiendo una opinión más al asunto del velo sí o el velo no y lo consideraba inaceptable porque representaba la discriminación y la sumisión de la mujer. ¡Nada menos!
El problema del velo en las escuelas es mucho más simple: las que lo lleven tendrán más facilidades para copiar usando auriculares. Nada más que eso.
El velo puede ser una señal de subordinación pero la sumisión es otra cosa: un acto íntimo, una asimilación de la carencia de recursos propios como la inteligencia, la fuerza para luchar, la capacidad para enfrentar las adversidades, la incapacidad para tomar las decisiones adecuadas y la necesidad de delegar en otro la protección que necesitas, para que te indique en todo momento qué tienes que hacer; para que resuelva los problemas, porque te sientes incapaz de hacerlo por ti misma.
Yo diría que la inmensa mayoría de los ciudadanos, ahora que lo pienso, llevan velo aunque no lo sepan porque sienten que no son capaces de pensar por sí mismos y obtener las respuestas adecuadas para resolver los problemas, se mueven por consignas, delegan en Papá Estado sus derechos y sus deberes, esperan que les proteja de todo mal y son incapaces de comprender que son capaces de enfrentar la vida y la adversidad con sus fuerzas. ¿Quién dijo velo?

1 comentario:

J.R. dijo...

Dios y yo señora somos amigos, mas que amigos cómplices. Yo no puedo vivir sin su idea, sin la ética que conlleva. El no puede vivir si no me mueve. Que se le va a hacer, soy panteísta como Spinoza. Dios es la razón de mi crecimiento personal. El impulso de vida que respeta la vida en otros. Dios es mi velo y mi kiphá. Y solo lo es desde el compromiso, desde la acción.
J.R.