28/11/11

Si yo tuviera influencia



Plaza Postdam, Berlín. Cúpula del edificio Soni.

Una de las claves del resultado de las elecciones está en el deseo de la recuperación de los valores tradicionales.

Se ha logrado, en principio; pero es solo un paso. El Gobierno va a tener que atender cuestiones más urgentes para sacarnos del pozo y somos los ciudadanos quienes hemos de trabajar para lograr otros cambios.

Hace un par de semanas, una iniciativa en Twitter ponía en el punto de mira la telebasura y el clamor social lograba que los anunciantes retiraran su publicidad de un programa nefasto.

Si yo tuviera influencia, extendería esa política a todos los ámbitos en los que anida una tendencia de premio a la chabacanería y la deslealtad; donde individuos que no son nadie, que no valen nada, medran gracias a la desvergüenza, el desconocimiento esencial de los principios elementales de la ética, la sustitución de la competencia y preparación por la des inhibición plena a la hora de medrar vendiendo productos infumables envueltos en celofanes oportunistas.

Vale para programas de tele basura. Vale para ministros que, en lugar de esperar a que la técnica avance y presente en el mercado productos competitivos, optan, por ley, por cambios que nos cuestan más de lo que podemos pagar en aras de una supuesta (y falsa) ecología,  ofreciéndonos lámparas de bajo consumo que nos sumen en las tinieblas en poco tiempo o paneles solares que encarecen de forma dramática el precio de algo tan básico para el éxito económico del país como es la electricidad y comprometen para varias generaciones nuestra competitividad.

Si yo tuviera influencia, lograría que los responsables de todos  esos programas que introducen en la sociedad el germen de la perversidad, pagaran por el daño en forma de cuantiosas indemnizaciones. Tan cuantiosas o más que las de los presidentes y ministros que nos arruinaron con políticas de gasto insensato, con operaciones de enfrentamiento, con la inoculación en la sociedad de un veneno que nos informa de que el dinero público no es de nadie (cuando la mayoría de los trabajadores por cuenta ajena dedican, entre tres y cinco meses de cada ejercicio anual a trabajar para aportar al Estado ese dinero «que no es de nadie» que se dilapida sin compasión hacia quienes lo producen) fomentando la política individual de la irresponsabilidad.

Si yo tuviera influencia, haría lo imposible porque los ciudadanos entendamos que cada céntimo gastado en medicinas está sufragado por un grupo de compatriotas que hacen números cada mes (unos con más angustia que otros) para pagar sus cuentas y ajustar sus gastos con el fin de lograr un pequeño ahorro, con lo que, por respeto a su esfuerzo, no deberíamos acudir a los servicios médicos cuando estornudemos; porque hace falta que pase un día o dos en la mayoría de los casos para poder diagnosticar si se trata de un catarro común, que se cura con un ponche y unas aspirinas o estamos ante una infección más grave de las vías respiratorias. 

En muchos casos, el tratamiento prescrito es poco costoso y podemos afrontarlo sin que sufra lo más mínimo nuestra economía. Frente al derecho a la gratuidad, está el deber de proteger el sistema, comprender que esos seis euros del antibiótico para nosotros no son nada, para otros son un mundo y quienes tenemos la suerte de abonar ese costo sin el menor daño, estamos obligados a aligerar en la medida de nuestros recursos las cargas comunes para minimizar los costes.

Si yo tuviera influencia, haría cuanto estuviera en mi mano para que todos comprendiéramos que aunque tengamos derecho a algo, la Hacienda Pública es asunto de todos nosotros y hemos de aplicar criterios estrictos, tanto para exigir una administración rigurosa, como para hacernos cargo de algunos gastos que no nos perjudican nada a nivel particular; pero son vitales para liberar cantidades ingentes de recursos «tacita a tacita». 

Porque tarde o temprano, por desgracia, incluso los que hayamos conseguido ahorrar a lo largo de nuestra vida, contraeremos una enfermedad que supondrá grandes gastos que superarán lo que podemos costear, deberá asumirlos la Sanidad Pública y será bueno que cuando eso ocurra, haya un gran número de ciudadanos empeñados en aligerar de cargas las partidas sanitarias, para que no haya riesgos de que el Estado no disponga de los recursos necesarios para financiar nuestro tratamiento.

Si yo tuviera influencia, trabajaría sin descanso para conseguir que toda España entendiera que todos y cada uno de los españoles somos responsables de «lo público» y debemos empeñarnos en cuidarlo, exigir responsabilidades, colaborar con honradez, trabajar con honestidad para erradicar toda esa casta de vividores que minan nuestra moral en las comunidades de vecinos, los medios, las instituciones, los gobiernos municipales, autonómicos, nacionales, comunitarios e internacionales. 

Si yo tuviera influencia, hasta la ONU tendría que tentarse la ropa y corregir su conducta, consciente de que los ciudadanos vigilan cada uno de sus pasos a través de sus organizaciones cívicas.

Por desgracia, no tengo ninguna influencia, por grande que sea mi voluntad.

3 comentarios:

jano dijo...

Carmen, usted y todos tenemos cierta influencia por modesta que sea, pero no la influencia de un dictador, que impone su criterio por la fuerza. Los Twitteros han logrado eliminar la publicidad de La Noria (supongo que se refiere a ese programa, porque no participo en Twitter)y todos, internautas o no, podremos eliminar telebasura simplemente con no ver esos programas ni seguir a sus protagonistas basura en las revistas. Por desgracia, en este país la casquería y el gore moral gusta mucho y seguirá en las pantallas hasta que la gente quiera.
Los políticos no son nada ni nadie sin nuestros votos y nuestra atención. Yo he sido siempre muy crítico con los personajes públicos y con la irracionalidad de la política que se estila aquí por la permisividad/resignación de los gobernados, que tragamos las ruedas de molino de todos ellos con altas dosis de omeprazol.
Con tanto omeprazol y AINES para poder digerir y aliviar el dolor que nos producen nuestros gobernantes, no es extraño que la Sanidad Pública esté al borde del abismo por el gasto y la creciente demanda de atención: somos "LE MALADE IMAGINAIRE" y los médicos (de primaria o especializada) LE MÉDECIN MALGRÉ LUI. Nadie hace caso al médico cuando receta un analgésico-antipirético para tratar un catarro o una gripe no complicados porque todos sabemos mucha ciencia, aunque seamos adictos a los programas basura; y si nos duele la uña de un pié, reclamamos una RNM por ser lo último en métodos diagnósticos de imagen.

jano dijo...

Y... II (me he pasado de caracteres y no me dejó el invento seguir. Perdone por la extensión)

Consumimos sin parar y nuestras casas se van llenando de cachivaches electrónicos que aumentan el consumo energético, mientras los combustibles fósiles se van agotando y envenenando el planeta y nos hacen más dependientes de los países productores. Es lógico que se investigue en energías alternativas que no contaminan y, en el caso de España, están ahí para poder ser aprovechadas racionalmente y en la medida de lo que permita el estado de desarrollo actual, pero no se pueden abandonar porque son el futuro. Una cabaña, en medio del monte, puede abastecerse de energía eléctrica con una simple placa solar y un acumulador, y puedes tener electrodomésticos sencillos y básicos. Además, los avances de la electrónica permiten consumir cada vez menos a los aparatos (válvula termoiónica-transistores-circuíto integrado-microchip-nanotecnología)y ser más autónomo. Pero las grandes compañías eléctricas no están dispuestas a abandonar el lucro y el poder de servirnos la energía y cobrarla al precio que ellas quieran. Cualquier casa podría funcionar con un voltaje de 12 voltios, pero hemos pasado de los 110 V de corriente continua a los 220 de corriente alterna por la sencilla razón del coste para las compañías eléctricas: nos transportan la energía a 45.000 voltios por las torres de alta tensión porque a mayor voltaje menor intensidad de la corriente; a menor intensidad, menor pérdida energética por el calentamiento de los cables. Con la corriente alterna (más peligrosa por dañina:Edison la eligió para la primera silla eléctrica)se puede transformar en las estaciones y subestaciones en la corriente de 220 V que tenemos en las casas.
Algo similar ocurrió con la invención del motor de explosión. La gasolina provocaba combustiones incontroladas en los motores, que eran molestos y ruidosos y maltrataban el mecanismo del motor. Se ensayaron antidetonantes que suavizaban la combustión (principalmente la mezcla con alcohol etílico y con plomo); finalmente triunfó el plomo (más barato) y durante màs de un siglo nos ha ido envenenando (he visto bastantes casos de saturnismo en trabajadores de desguaces de coches y barcos,y también en empleados de gasolineras)hasta que llegó la gasolina sin plomo.
La energía nuclear es barata a largo plazo y segura, hasta que deja de serlo y se convierte en un problema de salud de magnitud incalculable (Chenobil y la reciente catástrofe de Japón, más otros accidentes anteriores); por ahora la fusión nuclear no es viable, todavía no hemos comprendido la técnica que emplea el Sol y otras estrellas para obtener esa energía de manera más limpia. Hoy ha habido una manifestación en Alemania por la entrada de un convoy de residuos nucleares procedente de Fancia, y España paga 60.000€ diarios por deshacerse de sus residuos nucleares.
Que no nos manipulen, Carmen.
Saludos.

Carmen Quirós dijo...

Es imposible que no nos manipulen, Jano. Para evitarlo sería necesario tener toda la información y eso es imposible. Incluso en cosas de apariencia tan inocente como la ecología nos toman el pelo de lo lindo. Lo verde vende; hace varias décadas que se puso en marcha ese negocio y estamos tragando como campeones.

La clave de todo está en el ansia de seguridad plena: no queremos correr ningún riesgo, queremos estar blindados contra todo los problemas; no podemos tolerar el sufrimiento, la enfermedad, el peligro de vivir, simplemente y no queremos asumir responsabilidades.

Y así nos va. Si cada uno de nosotros estuviera dispuesto a un pequeño sacrificio y a una mínima implicación, las cosas irían mejor.

Un saludo.