30/9/10

Las amistades peligrosas

Composición gráfica de Ikewana

La jornada de la huelga general me recordó en muchos extremos el 23 F. Son dos hechos que levantaron mucho revuelo, sembraron inquietud durante unas horas y luego se diluyeron sin mayores consecuencias, salvo para quienes tomaron la iniciativa de ambos actos.

En aquella época no fue necesaria ninguna campaña para desprestigiar al ejército.  Eran el sostén de la dictadura para todos los españoles y quienes queríamos una democracia moderna le temíamos y odiábamos; porque veíamos en él un peligro de involución. 

El 23 F fue el fin de la alargada sombra del Ejército de la dictadura. Acabó con todos los riesgos de que cayera en la tentación de dar un golpe de estado, supongo que se hizo una limpieza y hoy aguantan un maltrato y unas humillaciones por parte del ejecutivo, que en aquellos tiempos resultarían impensables.

Los sindicatos ya venían arrastrando una mala prensa considerable; pero el gobierno de Rodríguez resultó letal para ellos. Los españoles percibimos que los dirigentes sindicales levitaban a inmensa altura, con la puerta de la Moncloa abierta a cualquier hora del día o de la noche, no para tratar asuntos importantes, sino como unos excelentes amigos que pueden ir a visitar a su 'colega' con plena confianza, encantados de 'tocar poder'. Les vimos recibir caudales inmensos del erario público en forma de ayudas y subvenciones. Incluso la prensa llegó a presentar a Rodríguez como rehén de los sindicatos, que eran quienes dictaban su política económica.

Pudo ser estomagante para quienes éramos conscientes de que se estaba vaciando la caja, preparando una crisis de liquidez del Estado (yo no llegaba a más; pero me consuela ver que los gurús eran tan poco avisados como yo), una minoría, como demostraron las últimas elecciones. Otros lo encontraron bien pero unos y otros, la mayoría de los españoles, asimiló un mensaje claro: los sindicatos estaban dirigiendo de hecho la política económica del gobierno. 

Llegó la crisis y en el imaginario colectivo estaba ya asentada la idea de que el poder de los sindicatos había tenido una influencia clave en la política que nos trajo ese azote, en especial, cuando se inició la recuperación en otros países y nosotros seguimos hundiéndonos sin saber cuanto faltaba para tocar fondo, hecho que demostraba, salvo para los que practican la fe ciega, que no se trataba de la crisis mundial, sino de un problema de la política económica que pilotaron los sindicatos. 

El cierre de pequeñas y medianas empresas incrementó las cifras del paro a un ritmo aterrador, exigió un cambio radical en la política sindical; pero los dirigentes estaban presos en el abrazo del oso de ZP. Nunca habían tenido tanto poder, una relación tan estrecha con el presidente del gobierno, que incluso iniciaba el curso en la fiesta de Rodiezmo. Nunca habían recibido tanto dinero por cauces tan diversos, vivido tan bien como lo habían hecho en este periodo. ¿Cómo iban a enfrentarse a su amigo, víctima de una crisis mundial en la que él no había tenido ninguna participación activa? ¿Cómo iban a amargar aún más esas horas tan bajas que atravesaba con la convocatoria de una huelga, como reclamaban las bases?

Y entonces llegó Europa. No podía dejar que Mister Been siguiera haciendo el tonto ni un día más. Le pusieron deberes y le advirtieron: «o los haces o pasarás a la historia como el presidente del gobierno español que forzó la intervención de su país o la expulsión del euro». Rodríguez no tuvo otra que aplicar las directrices que se le impusieron, promulgar normas que congelaban las pensiones, rebajaban los sueldos de los funcionarios y levantaban el clamor de los parados, muchos de ellos sin subsidio alguno. 

La huelga era obligatoria. El sindicato de funcionarios la convocó; pero la fidelidad a Rodríguez estaba por encima de las obligaciones con los trabajadores y UGT y CCOO no la respaldaron con firmeza, decidieron esperar mejores tiempos para el presidente y dejarla para después del verano.

Para entonces, la normativa que regula la reforma laboral está aprobada y publicada. Empeñados en no dañar a su buen amigo, convocan la huelga, no contra el presidente, como debería ser, sino contra los bancos, la patronal, los gobiernos regionales del PP...

Obviaron que el trabajador tenía asentada la idea de que ellos fueron los que dictaron el cuaderno de ruta que nos llevó al desastre; que durante meses la prensa difundió las generosas ayudas que reciben, las propiedades que tienen, los cruceros, las comilonas en restaurantes de lujo en los que les reconocen como asiduos y pueden detallar cuáles son sus platos y sus vinos preferidos. En ese momento clave de la llamada a huelga, los españoles vemos en los sindicatos mayoritarios algo muy parecido a lo que nos inspiraba el ejército en 1981. 

Y los trabajadores les dieron un inmenso corte de manga. Necesitaron recurrir a la violencia para paliar la catástrofe y esos actos se han difundido con amplitud por la prensa escrita, radiofónica y televisiva. El español medio que no es vasallo de ninguna ideología, agradeció a los valientes que se enfrentaran a los piquetes para mantener abierto el negocio a riesgo de que le rompieran las lunas del negocio, a sabiendas de que el seguro no le cubre los daños derivados del vandalismo de una huelga general. 

La carga de los piquetes ha quedado en la retina de la mayoría de los españoles como la imagen de Tejero en el Congreso: un hecho vergonzoso, abominable, que no puede volver a ocurrir nunca más.

Da igual que hinchen pecho y hablen de un setenta por ciento de seguimiento. Nadie les cree; porque todos vimos que no fue seguimiento, sino coacción. Salvo los que estuvieron en los piquetes, el resto estábamos deseando un fracaso total, verles morder el polvo y dejarles con un palmo de narices, demostrándoles que si no emplean la violencia de una horda de matones y matonas no tienen ningún poder de convocatoria. 

Vaticino un destino para los sindicatos similar al que le deparó el 23 F al ejército. Desprestigiados, malditos y sin apoyo alguno, tendrán que iniciar un proceso de renovación intenso, modernizarse, renunciar a sus privilegios y convertirse en lo que deben ser: un grupo de presión sensato y bien formado que negocie con empresarios y gobiernos pensando en que la empresa es un elemento clave, que si cierra, se quedan sin trabajo muchas familias y que la flexibilidad a la hora de alcanzar acuerdos, lograr mejores condiciones en época de vacas gordas, aceptar reducciones razonables en época de vacas flacas; presionar al ejecutivo para que adopte políticas que mejoren el empleo y las condiciones de trabajo más beneficiosas para los trabajadores, es clave en su trabajo. 

Pero sobre todo, los sindicatos dejarán de estar subvencionados y sus dirigentes serán unos trabajadores más, sin privilegios indeseables ni prebendas injustificadas; porque los trabajadores ya han visto que todos esos beneficios no llegan a ellos en los más mínimo y los cursos de formación que deberían ser la niña mimada del sindicato, donde deberían volcarse para preparar a los trabajadores para acceder con facilidad al mercado laboral con una gran foración, son una simple fórmula para recibir por vía secundaria enormes caudales que se reparten en la comandita sin beneficiar a nadie más que al grupito.

Puede que dentro de veinte años, les pase como al ejército: que ha recuperado su prestigio, tiene a los españoles a su lado dolidos por la forna en que les están tratando y puede que pensemos que entre aquella arrogancia pasada y esta conformidad actual, debería haber un término medio. Puede que dentro de veinte años, apreciemos a los sindicatos; pero habrá que esperar ese tiempo para que su trayectoria impecable e intachable les devuelva nuestra simpatía y aprecio.

No hay comentarios: